La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Soy un patriota porque me enardezco cuando la selección española de cualquier especialidad obtiene un sonoro triunfo. Grito como buen español; abrazo a conocidos y extraños que han de compartir mi alegría lo quieran o no; hago propio el triunfo como si me hubiera dejado el pellejo en la cancha, a pesar de que he disfrutado del acontecimiento acodado plácidamente en la barra de un bar; recuerdo de manera constante lo vivido sin haber dejado pasar tiempo suficiente para que mis contertulios lo hayan olvidado.

Soy un apátrida porque no soporto las calles sucias; me niego a aparcar en doble fila y no comprendo las justificaciones de quienes lo hacen; me irritan los que creen tener más razón que nadie solo por alzar sin ponderación la voz y ofrecer sus absurdos argumentos aderezados de aspavientos que eclipsarían la labor del actor más diestro; me indigna que la corrupción campe a sus anchas sin enemigos que amenacen su irrevocable dictadura.

Soy un patriota porque adoro la ciudad en la que nací; no me canso de recorrer sus calles; me presto a enseñarla y a relatar las anécdotas que la hacen indispensable; la comparo con las que visito y siempre sale victoriosa, aun cuando se enfrenta a poderosas rivales capaces de derrotar a las más avezadas contrincantes y siempre me complace volver tras la ausencia. Me identifico con los parajes vecinos que se muestran como un hermoso logro de la naturaleza y apaciguan el espíritu más desasosegado.

Soy un apátrida porque no me agrada liderar con ventaja la clasificación de los pícaros del mundo; no me alegra que, tras comprobar mi procedencia, la desconfianza y el recelo se apoderen de los que me rodean, pues piensan que sus posesiones corren peligro o que los tratos no serán respetados debidamente por falta de honorabilidad; me encrespa que se me considere perezoso por nacer en el sur, como si en esas latitudes no viniera al mundo gente responsable y aplicada.

Soy un patriota porque aprecio en lo que vale el idioma que aprendí sin esfuerzo y que me permite entenderme con muchos millones de personas, mientras presumo de los matices que identifican mi procedencia, que el acento es una de las señas de identidad más apreciadas.

Soy un apátrida cuando eludo sistemáticamente mi pretendido deber al no depositar una papeleta en las urnas de las incontables convocatorias electorales que pueblan el calendario. Y es que han sido tantas y tan irritantes las decepciones que me ha producido el mundo de la política que no me quedan fuerzas para acudir de nuevo, por mucho que me recuerden que es un compromiso inapelable.

Soy un patriota aunque no me convencen muchas de las acciones que se perpetran en nombre de la patria y que consiguen que este término produzca sentimientos encontrados en muchos de los que desean sentirse orgullosos de los que les rodean por algo más que por haber nacido cerca.

Soy definitivamente apátrida si la patria no deja de ser una mera justificación, un pretexto absurdo para explicar lo inexplicable, un asidero para los que saben que no hacen lo correcto, una disculpa de lo inaceptable o la fosa donde se entierran el sentido común y el respeto que todos merecemos.

Deseo la patria donde el orgullo crece a medida que vamos conformando una sociedad respetuosa con las creencias, rasgos y peculiaridades de todos sus componentes, sean de abolengo o recién llegados; suspiro por la patria donde nadie te pide que hagas algo que va en contra del buen juicio; aguardo la patria donde se mira tanto para uno mismo como para el bien de los demás, aunque no los conozcas; aspiro a la patria en la que te gustaría que vivieran tus hijos y tus nietos porque en ella todos respiran la armonía que en otros lugares solo disfrutan los privilegiados que siempre tienen la palabra patria en sus labios.


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