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Truman atrapado por la zona azul

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La temperatura de las palabras /
José María Cumbreño

Y por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!

Después de pronunciar estas palabras delante de una audiencia formada por millones de telespectadores que llevaban siguiéndolo durante toda su vida, Truman hizo una reverencia, abrió la puerta que comunicaba el decorado que hasta entonces había sido su ciudad con el mundo real y se marchó.

En la película El show de Truman, el protagonista, que forma parte de un programa de televisión sin saberlo (una especie de gigantesco Gran Hermano), jamás había logrado salir de Seahaven. De hecho, las pocas ocasiones en que lo había intentado siempre había ocurrido algo: repentinos atascos de tráfico, inesperados fallos en los transportes públicos e incluso una supuesta fuga de una cercana central nuclear. Fuese como fuese, el caso es que el pobre Truman nunca era capaz de atravesar aquel puente (Seahaven estaba rodeada de agua por todas partes), aquel dichoso puente que llevaba hacia lo desconocido.

De un tiempo a esta parte reconozco que me acuerdo mucho de Truman Burbank. En concreto, cada vez que, en un arrebato de insensatez, se me ocurre coger el coche para ir al centro de Cáceres. Porque primero fue la más que discutible peatonalización de la calle San Pedro de Alcántara, luego la construcción del polémico aparcamiento subterráneo de Primo de Rivera (con la casual desaparición, lenta pero continua, de plazas de estacionamiento en las calles próximas) y ahora lo de la zona azul, que por lo visto se va a comer buena parte de la ciudad.

Hace años tuve una compañera de trabajo que repetía que lo de cobrar por aparcar en la calle era el timo perfecto y que ella prefería dar todas las vueltas que hiciesen falta hasta encontrar un hueco donde poder dejar el coche sin verse obligada a rascarse el bolsillo a cambio del papelito que dejamos en el salpicadero. En los periódicos, los responsables de convertir el centro en Pitufilandia aseguran que se toma esa medida precisamente para que el tráfico se vuelva más fluido, pues los sufridos conductores no tendrán ya que perder su tiempo confiando en que quede libre alguna de las pocas plazas por las que aún no había que pagar. En el futuro, todas serán de pago y punto.

Asunto solucionado.

Así, una vez que no habremos de sufrir más en busca del aparcamiento inmaculado, se presenta ante nosotros un porvenir de conductores felices y sonrientes en el que nos cederemos el paso los unos a los otros con una alegría y un regocijo desconocidos hasta la fecha en nuestra localidad.

Así, libres del agobio y la prisa, ni siquiera nos importará que, dentro de no mucho, y también por nuestro bien, se incremente el precio del billete de autobús.

Así, vivir y conducir por el centro de esta ciudad se convertirá entonces en una experiencia maravillosa, casi mística.

Retire su tique.

Experiencia que hace unos años describió el escritor cordobés Pablo García Casado en uno de sus espléndidos poemas: El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.

Estoy deseando que llegue ese momento de éxtasis. Los cacereños somos gente de orden.

Y no como el desagradecido ese del tal Truman.

 

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