Desde mi ventana
Carmen Heras

Posiblemente por estar fuera del foco, analizo más objetivamente la situación. Cuando estás dentro, con todas las luces sobre ti, a veces no distingues con exactitud las “formas” y los “tamaños”, aunque sean conceptos de primero de guardería.

La publicidad al uso domina nuestras vidas o, bueno seamos benevolentes, influye sobre ellas. Nos dice lo qué es bueno, lo qué es malo, qué debemos comer, cuáles son nuestra habilidades y hasta cómo debemos opinar para no “salirnos del tiesto” demasiado.

Y lo tremendo es que nos sometemos dulcemente. Cada vez más amaestrados, cada vez más de pensamiento único. Cada vez más planos con nuestras entendederas. El otro día un amigo, aterrado, hablaba sobre todo ello. Es para estarlo. Por delante de nuestras narices se ofrecen ideas y las contrarias por los mismos, sin que apenas nadie lo destaque. Se sustituyen unas fuerzas políticas por otras similares sólo que gobernadas por líderes vestidos de ropa más moderna y lenguaje más joven, sin que aparentemente a nadie importe que los últimos sean los “sobrinos” de los anteriores, por obra y gracia de quienes idearon un plan operativo sobre ello.

Seguimos comportándonos en la mayoría de los ámbitos como “colegas” de excursiones estudiantiles

Se publicitan cuestiones, novedosas hace diez años, como si todo comenzase en estos tiempos, y tampoco nadie desmonta la impostura, una impostura tan errada como la de aquellos del espectro contrario cuando argumentan que la solución a todos los problemas se produce dejando que quienes (casi) siempre han ostentado el poder lo sigan ostentando sin control, porque producen seguridad.

Los niveles de educación han caído de manera alarmante. Rompimos las reglas para ser generosos y modernos y ahora disponemos de legiones de muchachos que ignoran que los “viejos” construyeron muchas cosas de su presente y que el derecho a ser tratados como “iguales” no significa la falta de respeto y de comportamiento, y si mucho de “saber estar” en cualquier acto oficial o privado de la vida. Porque unos ya han demostrado su eficacia y otros aún están aprendiendo para tenerla. Pero seguimos comportándonos en la mayoría de los ámbitos como “colegas” de excursiones estudiantiles. ¿Hay quien dé más?

Y lo grave es que nadie pareciera sentirse obligado a hacer algo al respecto. ¿Cómo es posible que (prácticamente) ninguna organización enarbole un discurso ético sobre determinadas cuestiones básicas de convivencia? A mi me viene, cada vez más insistentemente, al pensamiento, la imagen de la mili, cuando se aconsejaba a los soldaditos ser uno del montón para pasar desapercibidos, no destacando ni como bueno ni como malo, porque entonces (explicaban) si que se habrían “caído con todo el equipo”.


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