Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

Deseaba tomarme un té con limón (con un ramito de menta recolgando desde el borde del vaso, lleno éste de hielo picado extraído de un gran bloque guardado en el nevero del sótano) con Lula Carson Smith (La McCullers), sentados los dos al atardecer en el porche de su casa de Columbus sin bandera alguna hondeando al viento desde el inhiesto mástil, así que conjugué a las fuerzas del bien, y como no viajo en el tiempo, y aunque tremenda pinga tenga en el cerebro (y a veces crea que hay otras vidas, “están en esta”, me dirían un par de buenos amigos asiéndome con soga al cuello), me encaminé a una de las estanterías (Literatura Norteamericana, reza el cartelito, peroooooo, pero hay muchos desubicados y veo, en facsímil, lógicamente, “El juramento del juego de la pelota”) que conforman mi humilde y modesta biblioteca, y de entre los cinco volúmenes que de la de Georgia poseo no elijo, no, el primero que leí de ella, “Reloj sin manecillas” (y que me enamoró), ni tampoco el que.pasa.algo.pero.no.llega.a.pasar., “El corazón es un cazador solitario”, no, el que finalmente abro es “Dulce como un pepinillo y limpio como un cerdito”…

La poesía, aunque sea una parrilla donde expongas las entrañas, siempre admite licencias

En este libro existe un poema dedicado a un marinero, y en él dice la autora que nunca conoció el mar, cosa que no es verdad, lo que pasa que la poesía, aunque sea una parrilla donde muestres/expongas las entrañas, siempre admite licencias: las verdades pueden/suelen ser mentirosas y las mentiras te alcanzan como puñetazos de verdad y/o realidad. Me lo leí sonriendo y lo comparé con otros libros suyos, todos ellos de prosa (relatos y novelas), y encontré que doña Carson en esta obra se viste de diferente modo y manera, es mucho más tierna, menos desasosegante. Cuando lo terminé salí a la calle…

Y mis pasos me encaminaron al Psycho-Póm! (Psicopompo-Librería-Café), y allí me encontré con que La McCullers se había hecho presente en forma de concierto de “blue-grass” (música del profundo Sur, donde Mamma Tereissa, una negra descomunal y con muy mala leche, cocina las mejores tortillas de este maldito planeta). No sé el nombre del chaval que interpretó, con característica voz, aquellas baladas típicas (y de protesta, jeje, parece que no hemos avanzado, ni en música ni en política, en los últimos cincuenta y pico años), lo que sí es cierto es que la idea primigenia del té con limón se disipó entre las brumas del Mississippi (o de la Ribera del Marco) y lo que pedí, sin hielo y en tarro de cristal, fue bourbon (con vitriolo).


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