Lunes de papel
Emilia Guijarro

Termina el mes de agosto y con él un tiempo de verano que, entre otras noticias de gran calado político, nos ha dejado otras de impacto humano y social; terribles noticias que han tenido por protagonistas a niños y niñas en situaciones de riesgo. Niños a los que no les hemos dado la oportunidad de vivir y que, en sus pocos años de vida, han sufrido toda clase de abusos y tropelías.

Hemos vivido con dolor la muerte de una niña en Barbastro, a manos de su tío, sin que nadie de su familia y entorno denunciara la situación. Hemos conocido la muerte de otra niña de tres años, en Valladolid, a manos de su madre y su pareja, después de ser sometida a brutales malos tratos, tras un fallo imperdonable de los sistemas y protocolos de protección a menores.

Hemos sabido de niños, intoxicados por cocaína, que le han provocado daños cerebrales irreversibles. Sabemos de una menor de catorce años ha sido violada y apuñalada, y muchos casos más que salpican la geografía de un país, que lleva todo el verano envuelto en las banderas del nacionalismo catalán.

En este rosario de agresiones a la infancia no quiero dejar de mencionar el caso de los hijos de Juana Rivas, arrancados de los brazos de su madre para entregarlos a un padre maltratador, que los ha llevado a miles de kilómetros de su madre, para tranquilidad de un sistema judicial que no les ha dado la oportunidad de ser oídos. Pero ellos no son los únicos, son solo la punta de un macabro iceberg Pero, a veces, las señas identitarias, las banderas, las fronteras, ocupan todo el espacio político y mediático y no nos permiten entrar de lleno en temas tan importantes como la protección de una parte de la infancia, en situación de riesgo.

Es urgente que en el marco del Pacto de Estado contra la Violencia de Género se proteja a los menores en caso de conflicto entre progenitores, pero no nos podemos quedar solo en eso, pues como vemos en los ejemplos que he puesto, todos ocurridos en un corto espacio de tiempo, son muchas las situaciones en las que un menor puede estar en peligro. Y una sociedad madura y democrática no puede mirar hacia otro lado.


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