La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Aquel día se detuvo Juan Rollizo ante el escaparate repleto de la tienda de viandas de calidad (ahora las llaman “delicatessen”) que hay justo antes de llegar a su casa y observó la enorme gama de productos que allí se ofrecían, todos ellos apetitosísimos. Comenzó mirando a su izquierda y topó con jamones de diferentes tamaños, amontonados con cierta gracia unos, colgantes otros; los flaqueaban lomos, chorizos, salchichones, morcones y hasta algún hilo de la humilde patatera que tanto sorprendía a los foráneos que de vez en cuando le visitaban. En el centro una panoplia de quesos, redondos unos, otros en cuña, alguno atortado, que parecían suplicar ser ingeridos con presteza; a su derecha, una nutrida representación de los dulces más reconocidos de la comarca y los mejores vinos repartidos entre todos, como vigilando. Admiraba este panorama justo antes de Navidad, las fechas en las que el comer se convierte en un despropósito, en un continuo desafío al sentido común y las restricciones cuestan más que nunca.

La dieta se convirtió en compañera inseparable en la vida de Juan porque no quería volver a aquel pasado anodino

La madre de Juan había vivido la miseria que dejó la guerra, aunque siempre decía que en su casa no habían pasado hambre -como mucho ganas de comer- y eso había marcado la educación gastronómica de sus hijos que se basaba en un principio inmutable: una comida nunca es suficientemente copiosa. Se tradujo esta norma en un exceso de peso que Juan sobrellevó durante la infancia y la adolescencia no sin que le produjera numerosos quebraderos de cabeza (obligado sedentarismo porque no era fácil el deporte con tal tonelaje, soportar las bromas de los compañeros que guardaban la línea y, sobre todo, la indiferencia de las chicas que tanto le gustaban). Llegado a la juventud, se dio cuenta Juan de que la relación con el sexo opuesto pasaba antes por perder esos kilos sobrantes que por ganar elocuencia y sensibilidad, así que comenzó el primer régimen de su existencia, al tiempo que hacía ejercicio, más como terapia que como divertimento. Hizo un enorme esfuerzo, acostumbrado como estaba a la incontinencia y a la quietud, pero produjo los efectos deseados: la delgadez y que las mujeres no lo consideraran parte del mobiliario al pasar a su lado. Desde esos tiempos, la dieta se convirtió en compañera inseparable en la vida de Juan porque no quería volver a aquel pasado anodino e intrascendente al que le condenaban unas cuantas lorzas mal situadas. Se casó Juan con una de aquellas chicas y desde entonces comparten mesa, pero el inalterable criterio que en ella rige ha cambiado: come lo justo para usar la misma talla de pantalones hasta que ya no tengas fuerzas ni para subírtelos.

Ahora Juan, bien adentrado en la madurez, más inquieto por las arrugas, las canas y los descolgamientos, notaba que las preocupaciones por mantener estilizada la figura se habían disipado porque el buen funcionamiento de sus relaciones estaba asegurado mientras intercambiaran lo mejor de sus almas. Si ello era así, ¿por qué no terminar el forzoso idilio con tan desagradable compañera de viaje? Precisamente porque nadie quiere apearse demasiado pronto; dar buena cuenta del escaparate de la tienda te condena a bajarte en una de las estaciones anteriores a la que querrías fuese la de destino. Pensó Juan entonces que, para evitar sufrimientos, sería una buena opción volver a casa por un itinerario en el que solo hubiera escaparates de ropa, juguetes o libros, obligado a morir de la mano del régimen con el que siempre convivió.


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