Historias de Plutón
José A. Secas

Un gran amigo extremeño de origen vasco (al revés que muchos otros), hace ya un tiempo que me hizo notar la diferencia entre “simple” y “sencillo”, donde distinguía, con sutiles matices, estas dos palabras que aparecen como sinónimos y que, como tal, son utilizadas indistintamente. Acordándome de ellas, fui a beber en las fuentes (el diccionario, en este caso) y, efectivamente, hay diferencias. Amparándonos en las distintas acepciones, podemos concluir que “simple” es deudor, dependiente y, en cierto modo, menor en calidad que “sencillo” (en cantidad ambos andan escasos). Los matices que aporta la sencillez son más agradables (por decirlo de algún modo) que los que ofrece la simplicidad. Resulta muy interesante reflexionar a propósito de ello porque es ahí, en los pequeños detalles y en la colorida gama y en las escogidas combinaciones que ofrece el lenguaje, donde se encierra la esencia de la verdad de las cosas.

La manera de mirar y vivir la vida ha de ser desde la sencillez

Recuerdo cuando hacíamos comentarios de textos literarios en el BUP y el COU de aquellos años setenta y, a la hora de describir el estilo de un escritor relevante, poníamos, casi como por obligación, que el literato -la mayoría- tenía un una escritura “clara y sencilla”. Muchos románticos, modernistas o barrocos escribía más florida o pomposamente; incluso magnífica y sublimemente (también enérgica, vehemente y hasta dramáticamente) pero lo que en verdad figuraba como cercano a la perfección era ese estilo “claro y sencillo”.

Los que gustamos de leer y escribir más de lo normal, nos fijamos en esos detalles (mucho más que cuando éramos estudiantes preuniversitarios) y consideramos la sencillez y la claridad en toda su extensión. No solo en la literatura, sino también y especialmente el las cosas de la vida… así, a medida que uno se hace sabio (o viejo) con el paso de los años, va apreciando cada vez más el valor de las cosas y de las personas sencillas. Encontramos en la naturalidad, en la autenticidad, en la humildad y en cualidades y atributos cercanos a la sencillez, el auténtico valor de los elemento y de los individuos que rodean nuestra existencia.

Es una pena que a estas conclusiones lleguemos tras el paso del tiempo y después de habernos saturado con parafernalias, arrogancia, artificios y falacia tanto de cosas como de personas (incluso de uno mismo). Es una alegría que la vida nos permita mejorar, aprender y enriquecernos como seres humanos; incluso y costa de nuestra propia existencia. Definitivamente, la manera de mirar y vivir la vida ha de ser desde la sencillez. Por favor, no nos compliquemos tanto la existencia ni se la compliquemos a los demás. Es fácil.


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