Disculpen, pero es imposible. No podemos abordar otro tema en este editorial. Debemos volver a referirnos al monotema de las últimas semanas: el proceso independentista de Cataluña. Al ser un semanario, de un número a otro hay tantas novedades que es complicado hacer un análisis siquiera sucinto. Y es que la semana pasada, el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, anunció algo así como lo que hizo Cospedal con Luis Bárcenas, una especie de declaración de independencia a plazos, en diferido, de forma que ni el propio Rajoy sabía a ciencia cierta qué había proclamado el político con más densidad de pelo de España. Puigdemont tampoco contentó a los miles de independentistas que se habían congregado en las plazas para seguir la comparecencia en dirtecto. “Nos ha traicionado”, decían ante las tibias declaraciones del president. Rajoy, aturdido, convocó un Consejo de Ministros extraordinario para invocar el artículo 155 de la Constitución. Antes ha vuelto a preguntarle a Puigdemont si ha proclamado la independencia, no vayamos a dar un paso en falso.

Si estos actos no revistieran tanta gravedad, la historia tiene incluso un punto cómico. Pero no se asusten, queridos lectores, no vamos a frivolizar. Puigdemont ha emprendido un camino sin salida espoleado por los militantes de la CUP, un grupo organizado de pseudoplíticos con nula perspectiva histórica. Gente que se ha arrogado el derecho a conducir a Cataluña al precipicio. Gente que ignora con total impunidad a los catalanes y catalanas que salieron a la calle el pasado domingo para protestar contra ‘el procés’.

No sabemos qué pasará, a pesar de que el Gobierno le ha dado hasta el jueves al Govern para volver a la legalidad. Lo que sí podemos asegurar con rotundidad es que de esta quiebra saldrán dos Españas. Dos modelos de entender la política. En las próximas elecciones veremos hasta dónde llegan las ondas de la piedra lanzada. El PSOE de Pedro Sánchez está en una posición muy frágil. Debe secundar a Rajoy para mantener el Estado de derecho sin olvidar la alternativa que representa. Ciudadanos lo tiene claro, y Podemos también. Habrá que ver cómo valoran los electores la toma de posturas de uno y otro y el apoyo que cosechan en las urnas. De esa cita, no tan lejana, saldrá otra España.

Hasta entonces, paciencia, porque esto no ha hecho más que empezar. Y miren, no hay mal que por bien no venga. Ya tenemos otra palabra inusual incorporada a nuestras conversaciones de ascensor, “sedición”, que se incorpora a términos tan cotidianos como “ciclogénesis explosiva” o “sorpasso”.


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