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Mi ojito derecho /
Clorinda Power

Tengo un don para escuchar El Larguero sin prestar atención absolutamente a nada de lo que se cuentan. Y tengo un problema aun mayor cuando la radio de mi casa, que va camino de cumplir su tercer aniversario, sigue sin ser programada. Lo que tengo, en realidad, es una rutina.

Es extraña y vigorosa la fuerza de una rutina. La cantidad de tonterías que hacemos por su culpa, la cantidad de maravillas que somos capaces de conseguir gracias a ella. Una vez llegué a la consulta de una psicóloga y le dije: yo no sé lo que es tener una rutina, pero creo que me irá mejor si adquiero unas cuantas”. Instaurar rutinas (encender la radio cuando llego a casa, prepararme todos los días la comida, leer siempre en la cama, poner una lavadora de sábanas y otra de toallas los domingos por la mañana…) me procuró, y me procura, una vida mejor. Mi cerebro se desactiva como por arte de magia mientras las llevo a cabo y eso es, simplemente, gloria bendita.

Tengo rutinas porque no me quiero tirar por una ventana. Así de simple. Me relajan.

Mis padres han tenido rutinas desde que les conozco, y solo se asoman por una ventana para tender la ropa y regar las plantas. Ahora mismo ellos se están jubilando, ahora mismo ellos tienen un pie en la oficina y el resto del cuerpo en la playa. Y han llegado hasta aquí en mejores condiciones que muchos otros. Han llegado en tan magníficas condiciones que mi hermana y yo debemos ser las únicas hijas de nuevos jubilados que no tengan pesadillas con visitas inesperadas, más llamadas de teléfono de la cuenta ni más querencia de nietos que la ya acostumbrada.

A mis padres les esperan un montón de años por delante, una vida nueva y la seguridad de que les seguirá yendo de maravilla gracias, en parte, a sus inteligentes rutinas, las de toda la vida y las que les quedan por descubrir. Yo no me imagino a nadie que odie su vida dando paseos por la playa cada mañana, tomando la cervecita con el aperitivo y la copita de vino para el corazón, saliendo a la calle cuando los demás están atados a la mesa de un despacho, comprando billetes de avión y reservando el hotel en el que se alojarán la próxima vez que vengan a verme de visita. Sí, se alojarán en un hotel, que una en su casa tiene unas rutinas y todo el mundo sabe que alterarlas es casi tan malo como tirarse por una ventana.


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