La amistad y la palabra

Enrique Silveira

No puedo evitar la nostalgia cada vez que discutimos. Me asaltan un cúmulo de recuerdos – casi todos imperecederos- que me dejan un agradable regusto porque tú eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Me viene a la memoria el embarazo como si hubiera ocurrido ayer; aparte de los vómitos, el cansancio y las dificultades motrices, fueron unos meses repletos de esperanza y buenos presentimientos que culminaron en un momento irrepetible: tu llegada a este mundo. Eras el niño más bonito sobre la faz de la tierra; cuando pude cogerte en brazos, tuve la sensación de que llevábamos toda la vida juntos y que nada podría separarnos; lloraba y reía al tiempo mientras te mostraba a la familia para que entendiesen que, a partir de ese instante, todo sería diferente porque ya estabas aquí.

Los primeros meses de crianza fueron duros pero regocijantes. Las tareas, innumerables, se realizaban casi mecánicamente; eso sí, dejaban un poso de felicidad que pocos acontecimientos pueden producir: alimentarte, acunarte, pasear orgullosa y mostrarte al mundo como mi mejor logro, elegir tu atuendo, arrullarte, escenificar mi felicidad un millón de veces al día y cubrirte de besos hasta secar mis labios.

Verte crecer ha sido una experiencia aún más dichosa: tus primeros pasos, tus balbuceos ininteligibles que se fueron convirtiendo en palabras, tu sonora y contagiosa risa que inundaba la casa, tus abrazos sin justificación, tenerte a mi lado mientras dormías…, un inmenso océano de satisfacción que compartíamos con todos.

El colegio no cambió nuestra relación, todo lo contrario porque la connivencia entre nosotros se mantuvo incólume, dirigida ahora al aprendizaje de rutinas que enorgullecen a quien te cría, la explicación de los enigmas que te rodeaban, la protección mientras disfrutabas de los juegos que nunca querías que terminasen y los besos, tantos besos…

El tiempo – cruel, insensible, desatento- te ha traído hasta la adolescencia y ha conseguido transformarte hasta hacerte casi irreconocible. Dicen que el cambio constante se erige como la seña de identidad más notoria de esta época, que el plácido carácter del niño deviene en un torbellino de conflictos que se generan sin motivo significativo – desde la higiene dental hasta el aliño de la ensalada – y que son incontenibles.

No sé cuándo empezamos a discutir; no recuerdo la primera lágrima que derramé tras uno de nuestros ya tan habituales encontronazos; no consigo descubrir, cuando me miro en el espejo, cuáles son mis faltas y qué puedo hacer para mejorar y adaptarme a tus necesidades. Comentan que la turbulencia del zagal solo puede soportarse – no tiene solución- pero si supieras lo que sufro cuando recibo gruñidos en vez de risas, sarcasmos por halagos, aspavientos en lugar de abrazos, algún menosprecio, tal vez despertaría tu apagada ternura.

Escucha, ¿no adviertes que te quiero igual que el primer día?, ¿no te percatas de que todo lo que hago pretende mejorar tu vida? No sabes lo que daría por pasar una semana contigo en la que te olvidaras de tu peinado, arrinconaras tu enfurruñamiento, apreciaras alguna de mis recomendaciones y recuperaras la sonrisa que hasta hace muy poco iluminaba tu cara al tiempo que esparcía dicha entre los que te rodeaban. Cuentan que, ya adultos, tus hijos vuelven a quererte como cuando eran niños. Espero que te reencuentres con esos sentimientos pronto porque, igual que secabas mis labios al besarte, ahora secas mis ojos de tanto provocar mi llanto.


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