c.q.d.
Felipe Fernández

Todavía sorprendido por las historias de espías que se suceden últimamente, intento buscar un acomodo razonable y desprejuiciado entre la libertad de expresión y la utilización espuria de las redes sociales. No es difícil suponer que todos somos manipulables y manipulados en algún momento de nuestras vidas, pero atribuir tanta capacidad de influencia a determinados mensajes que viajan por las redes es, cuando menos, inquietante. Por eso, no sorprende que durante las últimas elecciones en Estados Unidos se enviara un texto acusando a Hillary Clinton y a su jefe de campaña John Podesta de participar en un asunto de trata de niños; lo sorprendente es que un gran número de norteamericanos creyera esa patraña y la asumiera como cierta para decantar sus preferencias electorales, o quizá para justificar ante sí mismos lo injustificable de su elección. Pero como eso son “cosas que siempre pasan en otros sitios”, no podemos dejar de sorprendernos con las injerencias practicadas por determinados remitentes en el proceso catalán. Así, cuanto he leído y escuchado a propósito de Rusia, Venezuela y Assange –cuyo color de pelo y peinado recuerda cada vez más al del inefable Presidente de USA- me parece una película de mi admirado Bond, o quizá, quizá, un remedo torpe y cutre de la última novela de Marías, quien, por cierto, también ha sido blanco fácil de las redes por proclamar verdades como puños, “El mundo es hoy mucho menos inteligente”, ha osado decir el autor de “Berta Isla”. En realidad, cualquiera con una opinión formada sobre algún asunto es cliente potencial de la ira y el odio “tweeterino”. Basta con opinar con criterio y argumentar sin prejuicios para ser devastado por toda una caterva de descerebrados que, parapetados detrás del supuesto anonimato, profieren improperios por doquier y perpetran toda suerte de acusaciones groseras, como si la opinión y la educación no pudieran viajar juntas en un mismo mensaje. No sé cómo acabará esto; ni siquiera tengo claro si es un problema resoluble o debemos acostumbrarnos a convivir con él. Lo que sí afirmo es que la calidad de la educación se resiente en España y que las consecuencias de ese déficit empiezan a ser visibles y tangibles. Porque, desengáñese: o nos tomamos en serio la educación de nuestros hijos en la familia y en la escuela o esto irá a peor muy rápidamente. Y las soluciones las conocemos todos. ¿No se lo cree? Pues pregunte, aunque puedo adelantarle que no las encontrará en las redes. ¡Solo faltaría!


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