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Me apasiona la clarividencia de los técnicos del FMI, que acaban de recibir un premio por su brillante investigación sobre la desigualdad en Europa. Afirman taxativamente que “las desigualdades se producen fundamentalmente por las diferencias en los sueldos”. ¡Toma ya! Muy bien, hasta ahí estamos. ¿Y cuánto tiempo han necesitado para darse cuenta de tan cruda realidad? ¿Lo han hecho desde su despacho o han tenido que bajarse al barrio? ¡Es esa la institución que gobierna las políticas financieras mundiales, eso es lo más grave! La misma que no vaticinó el desplome de las bolsas y el empobrecimiento de millones de personas gracias a la burbuja inmobiliaria. La misma institución que puso al frente a Rodrigo Rato, que meses más tarde se lució con su brillante gestión de Bankia y su célebre salida a bolsa, campanazo incluido.

Señores del FMI, estamos seguros de que el crédito que tienen no es seguramente el crédito que se merecen. No necesitamos gurús que perfeccionen obviedades, sino responsables que tomen medidas efectivas para que crezca el empleo en Europa.

Sin lugar a dudas, el bombazo de la semana pasada fue el rap de Monago. Hay que reconocer que la máxima de la comunicación política se hace realidad cada vez que su gabinete pone en marcha alguna acción: “Que hablen de mí, aunque sea mal”. Ocupan espacio mediático y eso es innegable. Ya lo demostraron con la serie de animación que comparaba Andalucía y Extremadura. No sabemos si el PP allí quedó muy satisfecho, vistos los resultados electorales, pero aquí volvimos a sonar en el resto de España. Lo del rap es un éxito en su campaña, sobre todo por haber conseguido que alguien le pusiera ritmo, voz y música a una composición ajena. Los raperos de verdad están que trinan. Es algo así como conseguir que Cristiano Ronaldo se ponga una camiseta del Barça, o Messi del Madrid. Conseguir que la disciplina del rap —por definición contracultura, subversión y rebeldía— se pliegue a los intereses partidistas de un candidato (del color que sea) es un mérito del que lo propone. Otra historia muy distinta es saber la autoridad moral con la que esta chica volverá a subirse a un escenario a lanzar letras contra el poder o el dinero.


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