c.q.d. /
Felipe Fernández

Siempre he pensado que proscribir comportamientos y decretar prohibiciones en asuntos del amor es totalmente inútil, además de una perfecta sinrazón. Desde que el tiempo es tiempo, una auténtica legión de dictadores de lo bueno y de lo malo, guardianes de la ortodoxia amorosa, –un oxímoron perfecto-, e intérpretes insustituibles de los anhelos de los demás, han intentado y desgraciadamente conseguido en muchas ocasiones, dirigir los corazones ajenos y llevarlos por los caminos de la pureza y la castidad, alejados de veleidades románticas heterodoxas; en vano. Si ya es difícil someterse al afán controlador de las sociedades modernas en las que todo se legisla hasta el detalle, más complicado resulta aún acotar los sentimientos personales, tan espontáneos, tan sinceros. De manera que, a pesar de las muchas admoniciones religiosas y profanas, de los inventos propagandísticos y de las enfermedades oportunamente aparecidas, los sentimientos recorren su propio camino. Pocas cosas hay más injustas en una sociedad pretendidamente libre y moderna que censurar relaciones amorosas de otros; es más, produce un sonrojo bochornoso tener que justificarse a estas alturas acerca de a quién se quiere y a quién no, como si las relaciones amorosas tuvieran que elevarse a público para expedir un certificado de decencia. Por eso, pienso en todas las personas que han sufrido y sufren su condición en silencio, escondiendo sus anhelos, aplazando su felicidad, falseando su vida para no sentirse excluidos de la manada, mirando alrededor en busca de los Torquemada modernos, dudando incluso de su salud mental. Y creo que más allá de la anatomía y de los comportamientos ortodoxos es más importante mirarse a los ojos al hablar, explorar las caricias hasta el final y sentir que quieres y que te quieren. Así que, en una sociedad que no se cansa de insistir en la necesidad de buscar la felicidad de sus ciudadanos y que defiende más que nunca la libertad individual frente a los inexistentes derechos colectivos de países inventados, no cabe penalizar los sentimientos entre personas y, además, es imposible. ¡Bienvenido sea el amor y sus consecuencias, tan maravillosas, tan desasosegantes! “Creer que un cielo es un infierno/ dar la vida y el alma a un desengaño;/ esto es amor, quien lo probó lo sabe”.


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