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Que no cunda el pánico

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Mi ojito derecho /
Clorinda Power

Esta mañana ha saltado la alarma de incendios en el edificio donde trabajo. No era un simulacro. Tampoco lo ha sido bajar a pie las dieciocho plantas que nos separaban del suelo. Ya en la calle, y a salvo de la alarma, charlamos sobre, claro, la muerte. ¿Y si te sobreviene la muerte? ¿Y si la muerte te aúlla en los oídos que te queda un minuto de vida? ¿Qué harías si te quedara un minuto de vida? Sesenta segundos. Atronadores. Alguien dijo que se arrojaría por una ventana. Alguien dijo que se besaría con otro en la boca. Alguien dijo que escribiría algo, pero algo gracioso. Ni un mensaje a la madre, a la novia, al hijo. Y a mí me ha parecido sobrecogedor y perfecto saber que el último minuto de tu vida quieres pasarlo contigo (y como mucho con una lengua amiga en la boca).

Se suele decir que morimos solos y que la soledad en vida suaviza cualquier final. A mí me gusta la soledad, como palabra me entusiasma su sonoridad y como concepto me provoca cierta atracción. La soledad, como la compañía, debería ser elegida, no impuesta. Y no creo en absoluto que sea un estado permanente, ni tampoco una característica innata. Al menos no en los términos tan antipáticos con los que solemos relacionarla. Yo misma soy una persona solitaria, sobre todo cuanto estoy en casa. Vivo sola. Y no me pesa. Y además me animo a celebrar la soledad como el mayor triunfo que me ha traído mi independencia. La soledad es reflexiva y silenciosa y, por eso, es uno de mis grifos creativos favoritos. Hago muchas cosas cuando estoy sola. Y me aburro, me aburro muchísimo. Quizá por eso disfruto tanto de los bares, los restaurantes, los debates, los conciertos, los parques, las calles, los cines y los teatros. Y disfruto muchísimo de mis amigos. Incluso cuando bajamos dieciocho plantas a pie hablando de algo tan normal como la muerte, como tirarse por una ventana, como besar a otro en la boca, como escribir algo gracioso.

A veces no me llevo bien con mi soledad. Cuando eso sucede, pienso que ella es como la cita con ese amigo a la que evito acudir una y otra vez: puede que a mi amigo le haga la misma poca gracia quedar conmigo. Y sin embargo, sé que yo también elegiría pasar con ella mi último minuto de vida.

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