c.q.d.
Felipe Fernández

Para cuando usted lea estas palabras, ya habrán hecho su entrada bajo la lluvia Sus Majestades de Oriente, entre cuyos muchos regalos para la ocasión no adivinaron la necesidad de proveerse de paraguas -bendito artefacto un tiempo en desuso- para ellos y para el público asistente. Así que, después de protegernos convenientemente, y proteger a nuestros niños contra el ataque “arrojacaramelos” –milagro que los ojos sigan en su sitio- nos retiramos a “colocar” -usted ya me entiende- de modo que, a la mañana siguiente, todo esté en su sitio. Como a los cachivaches siempre les falta algo y el montaje se alarga con la búsqueda inquietante de ese tornillo que olvidó el fabricante y que es imprescindible para que el armatoste se tenga en pie, encuentra usted el momento para reflexionar con tranquilidad. Alejado de las comilonas bulliciosas y pantagruélicas, de las incomodidades derivadas de juntar una y otra vez a toda la familia -¿cómo lo has pasado, bien o en familia? –, de las prisas enloquecidas por encontrar el último regalo, por gastar el último euro, aparece un momento de sosiego. Así que, mientras aprieta los tornillos con paciencia y algún sobresalto, su pensamiento se dedica a desgranar sus anhelos y deseos para el año que comienza. De esta manera, junto a las consabidas promesas sobre regímenes imposibles, gimnasios pagados y no usados y, “de verdad, mi último cigarro”, tendrá usted tiempo para reflexionar sobre lo verdaderamente importante. Como la lista de prioridades es bastante común, con algunos toques personales en función de las circunstancias, no encontrará muchas ideas sorprendentes circulando en su cabeza; o eso creo. Leer y escribir más, cuidar una salud que acusa el desgaste de materiales, establecer prioridades en las relaciones personales e incrementar, si fuera posible, la ilusión en el desempeño laboral serían unos propósitos razonables, objetivamente alcanzables. Y luego están los otros, los que aparecen en una parte de su cerebro que se niega a ser descubierta, a revelar algunos de sus pensamientos como reales, como si esas imágenes aparecieran en sueños y luego hubiera dudas respecto a su veracidad, mitad sueño, mitad deseo. Pues bien, no sería mala idea dedicar más atención a estos últimos, no sea que alguno se convierta en realidad y cambie de grupo, con lo que ya no podrá soñarlo. Por eso, querido lector, le deseo un Feliz Año y una lectura atenta de sus pensamientos para no perderse nada.


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