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Si te viera Schopenhauer /
Sergio Martínez

Fíjate, que diría Martes y Trece, que yo no soy muy de premios. De hecho lo del Nobel de Literatura a Bob Dylan no supuso ni un tweet ni un post de Facebook en mi vida, y en estos días que vivimos, no sé si lo saben, pero la importancia que tienen las cosas se mide en el número de tweets, post e imágenes que subes a tus redes sociales. Y Dylan pues como que no me animó a escribir, ni por alegría ni por desacuerdo. Igual, puede ser, más que culpa de Dylan, de los Premios Nobel, que no me ponen cachondo. Nobel me recuerda a un paquete de tabaco, la verdad. Pero Cervantes, eso es otra cosa, con el ingenioso hidalgo me puede el orgullo patrio y me vengo arriba. Tiene que ser defecto profesional porque me encanta nuestro teatro del siglo de oro, o, porque simplemente, no se puede comparar el regusto que deja en la boca pronunciar Cervantes o Nobel. Pruébenlo. No hay color.

Cuando me enteré que el ganador del Premio Cervantes era este año Eduardo Mendoza, aunque todavía no he escrito ningún tweet o post y mi teoría de la importancia de las cosas la acabo de aniquilar yo mismo de un plumazo, me supuso un cosquilleo de satisfacción. Y es que el amigo Mendoza me ha hecho reír un montón a lo largo de mi vida, y yo, si hay algo que valoro en esta vida, es la alegría y las horas de risas compartidas.

No tengo los criterios necesarios para determinar si el premio es merecido, pero lo que sí sé es que leer a Eduardo Mendoza es un auténtico placer para los sentidos y una gran medicina para el estado de ánimo. Antes, cuando no me mareaba leyendo en la carretera y me pasaba media vida subido en un autobús, Eduardo me acompañó mucho. Los dos viajes que me duró, por ejemplo, ‘Sin noticias de Gurb’ fueron dos de los viajes más placenteros de mi vida. Todavía recuerdo como un hombre se me acercó en la estación de autobuses de Navalmoral de la Mata y me pidió que le escribiera el nombre del libro que estaba leyendo: “Dígame que está leyendo que yo quiero pasármelo igual que usted”.

Y que contar de El tocador de señoras, El asombroso viaje de Pomponio Flato, El caso Savolta o La ciudad de los Prodigios. ¡Qué maravillas! ¡Qué buenos recuerdos! Y es que para mí los libros que me han gustado son buenos recuerdos, y como que ahora me entran ganas de leer a Eduardo Mendoza otra vez. Y si ustedes no lo han hecho todavía, háganlo. No se arrepentirán. Y es más, se van a reír. Y no todo el mundo es capaz de hacer reír escribiendo. Parafraseando a Rajoy, hacer reír no es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor.


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