Mi ojito derecho
Clorinda Power

Buenos días. Después de seis días sin fumar, tres episodios de ansiedad y una tristeza agotadora, he llegado a una verdad como un templo: dejar de fumar es peor que fumar.

La ansiedad, para el que no la haya pasado nunca, es esa bolsa de plástico que te ponen en la cabeza mientras te hacen creer que vas a respirar dentro de ella lo que te queda de vida. Lo de la tristeza consiste en unas ganas de llorar que te encharcan los ojos pero que, no se sabe muy bien por qué, al final nunca desbordan en lágrimas. Y lo de agotadora es porque, cuando no te has repuesto de la pena de dejar de fumar, te embiste la de empezar a ovular.

A todo lo anterior hay que añadir los tiempos de recuperación. Durante ese ratito no solo te tienes que recomponer tú sino que tienes que reconstruir todo lo que has derrumbado a tu paso. Nunca había odiado tanto como en estos seis días. Un odio desmedido, infinito y sin argumento. Un odio libre, adolescente, de orejas rojas. Y es lo que ha hecho darme cuenta de que es el odio, y no la tristeza, lo que te hace preguntarte si todo esto merece la pena (no lo de dejar de fumar, si no lo de seguir viviendo).

Y en esas estoy, ¿me merece la pena pasar por esto? Yo digo que no. Tengo claro que no. Por desgracia, además de ser fumadora, tengo la mala suerte de que nunca he sido consecuente en mis acto y además soy una cobarde. Y yo, por ahora, le tengo bastante miedo a una imagen mía llenita de arrugas arrojando ceniza sobre unas sábana llenitas de arrugas. Yo es que si hago algo me gusta hacerlo bien. Y si sigo fumando, es para morirme por un cigarro mal apagado. Buenas noches.


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