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Por Miguel Hernández

Desde mi ventana /
Carmen Heras

Siempre me ha desasosegado, y mucho, la figura de Miguel Hernández. Esa imagen de muchacho ingenuo e idealista, ese trabajo de auto formación para lograr hacer unos poemas, ese acercarse tímido a los grandes de la poesía, ese creer que España podía ser de otra manera, esa afectividad hacia su familia, la mujer y el hijo nacido en tiempos de hambre.

Pero no lo mató nadie —me decía yo, en la adolescencia— pudo con él la mala suerte, la enfermedad, nadie dio una orden tan terrible… Como si la suerte se cultivará sola (pienso hoy), como si los duelos del cuerpo no tuvieran nada que ver con los duelos del alma… Llegaría, más tarde, el reconocimiento. El ya no lo vio, como tantos otros que tampoco lo vieron. Andando el tiempo hasta se pelearon, por el lugar en donde habría de permanecer su obra, los señores sesudos que entienden de estas cosas, su familia…

Pero murió solo y prácticamente abandonado por unos y por otros, a cuenta de unos tiempos confusos y de crisis a los que muchos contribuyeron y eso es vano pretexto para salvar la responsabilidad de un país, tan duro con algunos de sus hijos, tan blando con otros, y en el que todos parecen haber aceptado el rol que tienen, de patrón o de víctima… O de pícaro.

Así que leo los montones de poemas que transcribimos, recordando al gran escritor que fue, y me sorprendo refunfuñando porque soy consciente de las muchas veces que reiteramos costumbres y mañas del pasado. Levitando tranquilos por las circunstancias, como si éstas no construyeran a la persona y al personaje. Pensando en la locura que supone que un hombre muera con poco más de treinta años en una cárcel, por haber tenido la osadía de creer en la libertad y en la República.

Y nosotros aquí, con estos pelos, repitiendo la misma música de siempre, porque suena bien, porque está de moda, porque es la que defienden aquellos del grupo en el que nos sentimos cómodos. Pero sin llegar a más, sin esforzarnos por no cometer los mismos errores que permiten crear similares condiciones a las que en otros tiempos radicales llevaron a destruirse los unos por los otros. En una guerra civil.

La guerra civil es la más sangrante y terrible de las guerras. Unos vecinos a por otros vecinos, con la envidia, el rencor o la avaricia usados como criterio para denuncias, demandas, anónimos… que tanto dolor produjeron. Esa creencia del pensamiento único que lleva al extremo la represión de cualquier otro no coincidente, y que se sigue dando en nuestros días, de manera larvada o subliminal, sin declaraciones, pues nadie se atrevería a reconocerlo como fuente de ningún conflicto.

¡Ay, pobrecito Miguel Hernández, convertido hoy en referencia en parte por haber sido sacrificado! Ofrecido como tributo en el altar de los dioses correspondientes, para aplacar la ira justiciera de aquellos, que no perdonan, que carecen de una prudente indulgencia.

Como hoy… Como siempre. Menuda lastima. Menudo destrozo.

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