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Lunes de papel /
Emilia Guijarro

Nunca olvidaré una anécdota de la que fui testigo, cuando allá por los años setenta del pasado siglo me examiné del oral de mi licenciatura y en una de las pruebas, que consistía en la defensa de la “tesina”, un compañero que iba delante de mi, cuando terminó de defender su trabajo, fue advertido por uno de los miembros del tribunal de que había un largo párrafo que coincidía, palabra, por palabra con el de un autor extranjero muy reconocido. Mi compañero, con el aplomo que le caracterizaba, contestó: Lo único que puedo decir es “que se me han olvidado las comillas”.

A lo que el profesor le contestó, pues debe tener usted la memoria muy frágil, porque también se le han olvidado en … Y siguió enumerando párrafos y más párrafos de aquella infumable tesina. La historia de aquel alumno terminó con un suspenso y expulsión de la Universidad, y que su caso se convirtiera en un chascarrillo fruto de su caradura.

Ahora estamos ante un caso mucho más grave, porque el copión es, nada más ni nada menos, que el Rector de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, la máxima autoridad, al que “se le han olvidado las comillas” en por lo menos siete trabajos publicados. “Disfunciones” llama él al plagiar, en un corto comunicado. Y ahí sigue, casi un mes después de conocerse el tema, sin dar explicaciones. Y lo que es más grave y sorprendente, sin que nadie se las pida.

Nada ha dicho sobre el tema la Conferencia de Rectores, nada ha dicho el ministro de Educación, al ser preguntado en el Congreso, nada dicen los sindicatos que callan y esperan respuestas, nada dice la Asamblea de Madrid, que no han admitido a trámite una pregunta sobre ello, ni nada dicen los alumnos, finalmente los destinatarios de la impartición de sus conocimientos.

Todo un síntoma de un país, que está anestesiado ante el lodazal en que se han convertido la mayor parte de sus instituciones.

Como decía el escritor mejicano Ignacio Manuel Altamirano: “Contra el salteador, el cuatrero, y el ratero hay la acción criminal, contra el robado literario no hay nada”.


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