Cada vez que se acercan las navidades y el final del año, su (o tu) condición de “parte de la masa” se le (o te) acentúa sobremanera y se le nota en la cara. Su condición y perfil gregario y adocenado se sublima para convertirse en ese ser manipulado que responde a estereotipos de manual y reproduce los tics propios de su situación: edad, sexo, religión, nivel social, nivel cultural, país de residencia y, muy importante, nivel socioeconómico (más económico que socio). Por él mismo y por sus circunstancias, no es (o eres) más que un monigote consumista occidental abocado a cumplir con las imposiciones de “esos días tan señalados”. Hablo en masculino como referencia al ser humano; como persona. Es una reflexión extensible a ambos sexos (necesariamente). Lo bueno (que lo hay) de estos días tan previsibles en los que pasan las mismas cosas que acontecieron hace un -dos, tres, quince, veinte- año, es que el “buenrollismo” lo inunda todo y, prácticamente, no te puedes sustraer a “ser feliz”. Son tantos los mensajes de amor, amistad, buenos deseos, brindis, turrón y estrellitas que resulta una desgracia caer en esa melancolía tristona que atenaza a ciertas almas atormentadas o rebeldes. Perderse la sobredosis de emociones y sensaciones positivas con las que la religión, la sociedad, el mercado y la tradición nos obsequian es un verdadero error. Hay que disfrutar (es o-bli-ga-to-rio) de muchas cosas buenas, bonitas y caras en estas fiestas. Tomen nota: ilusión (lotería, cestas, regalos, sorteos e invisibles), hermandad y amistad (cena de amigos, de socios, de compañeros, camaradas y correligionarios), amor (familiar, conyugal, paternal, fraternal, filial y libre), tradiciones (belenes, árboles, villancicos y otros localismos culturoides), personajes (del misterio, los reyes, los ángeles, Santa-Papá-Nicolás), parafernalia (galas, almanaques, luces, campanadas, papel de regalos, resúmenes y anuncios de la tele), pitanzas, bebercios y comercios (no pienso enumerar porque me entras ganas de “gomital”), etc. Las Navidades son tan humanas que lo admiten todo. Podemos hasta despotricar y revelarnos contra ellas a sabiendas de que nos superarán y nos inundarán. Admiten odios, contradicciones temporales o transitorias y hasta un entusiasmo y fervor casi enfermizos (algunos llevan colgada del cuello la pandereta, jopé). Están tan rotundamente presentes que es casi imposible librarse de ellas y, llegados a este punto, solo cabe (en las mentes de los listos, hedonistas, disfrutones, positivos, alegres y carpediemaníacos) disfrutar y vivirlas sacándole lo bueno. Que en estas fiestas esto, lo otro y lo de más allá. Que paséis unos días de bla bla blá. Os deseo un año de patatín patatán.


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