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Si hay algo meridianamente claro sobre las elecciones del pasado 24 de mayo es que el electorado han acabado con las mayorías absolutas que campaban a sus anchas en muchas comunidades autónomas. El Partido Popular ha visto cómo su omnímodo poder se disolvía como un azucarillo en una taza de café caliente. En Extremadura puede decirse que han perdido pero han salvado los muebles y la dignidad, y la postura de Monago de apostar para que gobierne la lista más votada es algo que le honra, aunque muchos achaquen esa postura de buen samaritano a que es la única baza que tiene para salvar ayuntamientos en los que el PP ha ganado por mayoría simple. Parece ser que se impondrá ese criterio y que los pactos servirán para reforzar la opinión de la mayoría de votantes. Algo muy distinto radica en esta idiosincrasia nuestra en la que solo entendemos que ha ganado quien ha arrasado. En Extremadura volverá a gobernar Vara y en Cáceres seguirá al frente Elena Nevado. Lo demás supondría mover demasiadas fichas para que entraran gobiernos de coaliciones.

Aquí tenemos todavía algo de cordura. En Madrid a la señora Esperanza Aguirre parece haberle mordido uno de esos que ella llama “radicales inconstitucionales”, porque esa boca no para de escupir sandeces. Ciertamente ha ganado por mayoría simple, pero la irrupción de Manuela Carmena en el ayuntamiento de Madrid prevé un gobierno de izquierdas en la ciudad después de muchísimos años de gestión popular. La señora Aguirre se ha ofrecido para frenar a “izquierda radical”, incluso le ha puesto en bandeja el ayuntamiento al PSOE, su eterno enemigo. Está cruzando la línea de la decencia política. No ha sabido encajar la derrota, quizás porque sus expectativas estuvieran fuera de toda lógica. El pozo puede ser aún más profundo de cara a las Elecciones Generales. Rajoy debe frenar su incontinencia verbal para que no le siga restando votos y aumente la brecha entre el PP moderno y el rancio de los que no quieren bajarse del carro.

Pactos. La gran fiesta de la democracia se acabará dirimiendo en acuerdos puntuales para gobernar. El pueblo quiere que gobiernen y hablen, quiere que se sienten y se entiendan. Un nuevo tiempo ha llegado. Un tiempo en el que las nuevas sensibilidades se ven representadas en nuevas fuerzas políticas que no son de izquierdas o derechas, son fuerzas políticas de ciudadanos, de naranjas, de lilas, de activistas contra los desahucios, de antiguas magistradas que quieren cambiar las leyes, esta vez desde dentro.

 


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