La temperatura de las palabras /
José María Cumbreño

El nivel de la feria del libro de Cáceres lleva años empobreciéndose edición tras edición. No obstante, en las últimas, creo que se ha llegado a un grado del que resulta difícil bajar aún más.

Hagamos memoria. La feria la creó el Gremio de Libreros de Cáceres, que consiguió confeccionar carteles muy interesantes en los que, por ejemplo, figuraban nombres como los de Andrés Trapiello o Javier Cercas. Luego el ayuntamiento se ofreció a echar una mano, aunque el resultado de aquella colaboración fue que, pocas primaveras más tarde, de la organización pasó a encargarse la Institución Ferial de Cáceres (IFECA), un organismo que gestiona todas las ferias que se celebran en la ciudad, desde la de la tapa o los dulces conventuales hasta la de trajes de novia. Sin embargo, y lo digo con toda humildad, no pueden ser lo mismo. Y no es cuestión de jerarquías, sino de saber lo que uno se trae entre manos. IFECA no tiene la culpa. Me consta que sus trabajadores hacen lo que pueden. Lo que sucede es que una o dos personas no tienen por qué saber de todo. Y una cosa es la pura gestión económica y administrativa y otra bien distinta ser capaz de construir un programa cultural atractivo.

Llegados a este punto (seamos realistas: tenemos una feria del libro de tercera) habría quizá que plantearse una de estas dos salidas: o convertimos la de Cáceres en algo que realmente merezca la pena o casi mejor que desaparezca.

En su momento, el Gremio de Libreros elaboró una normativa repleta de sensatez. Porque parece más que razonable que no se puedan presentar libros que ya se han presentado en la ciudad (algunos apenas unas semanas antes). O que las actividades de una sola editorial no ocupen prácticamente la mitad del programa. O que no tengan cabida autoediciones. A mí también me sale de ojo que un obispo sea un habitual de la feria (donde uno debería asistir por sus méritos literarios), que haya librerías que sólo vendan volúmenes religiosos o que la mayoría de los autores participantes esté compuesta por escritores de aquí. No quiero hacer de menos a nadie. Simplemente se trata de buscar un equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Y que tanto en un caso como en otro se utilice la calidad como única vara de medir.

Me parece imprescindible que representantes de la cultura de las administraciones locales, provinciales y regionales se reúnan y dibujen una nueva manera (radicalmente distinta) de plantear la feria del libro de una ciudad que, no lo olvidemos, aspiraba (menuda ironía) a ser nada menos que capital europea de la cultura en 2016.

La que ha empezado hace unos días se desarrolla del veintiuno al treinta de abril. Entre esas dos fechas estarán en Cáceres el escritor vasco Hasier Larretxea y sus padres (los tres ofrecen un espectáculo artístico como no he visto otro), Miguel Martínez López (último ganador del prestigioso Premio de poesía Ciudad de Badajoz), los editores de La Indolente y el poeta argentino Diego Matarucco. Pues bien, ¿a cuántos de ellos se podrá ver actuando en Cánovas? Así es: a ninguno.

Que conste que no es cuestión de dinero. Un presupuesto mayor no siempre equivale a un resultado mejor. Para mí el ejemplo paradigmático de lo que supone una feria del libro modesta pero de calidad es la que tiene lugar en Soria. Y no olvidemos que Soria cuenta con menos de la mitad de habitantes que Cáceres. Sin embargo, ha conseguido levantar una feria del libro en la que nada sobra y por la que pasan algunos de los mejores críticos y escritores del país. Menudo mérito. Sobre todo si tenemos en cuenta que se celebra en agosto y que está dedicada al género minoritario por antonomasia: la poesía.

Tal vez una solución sería la constitución de un consorcio en el que trabajasen juntos el Gremio de libreros y las personas que durante todo el año tejen la red de encuentros, lecturas y presentaciones que mantienen viva, desde el punto de vista de las letras, a esta mortecina ciudad. Sólo supone una sugerencia. Y estoy seguro de que existen otras alternativas para que de una vez por todas en las cosas de la cultura decidan las personas de la cultura. Todos saldríamos ganando.


1 COMENTARIO

  1. Te felicito por la reflexión. No puede ser más acertada. Yo añadiría que la sección infantil se reduce a cuentacuentos y sin que lleguen los libros a los niños, que serán los futuros lectores. La oferta juvenil tampoco existe. En mi opinión, la Feria del Libro debería impregnar toda la ciudad y abrirse a nuevos espacios y nuevos formatos. No es cuestión de dinero, sino de creatividad.
    Ni que decir tiene que la ubicación de la carpa de autores junto al Quiosco de la Música no puede ser más desacertada.

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