La amistad y la palabra
Enrique Silveira

¿Sabes Fernando?, he pensado muchas veces en escribir sobre ti, pero nunca he tenido prisa. Hubiera sido difícil antes porque sentía escalofríos al pensarlo. Ahora, con la tristeza ya arrinconada, retornan mil escenas que me hacen sonreír y la alegría es un punto de partida mucho más adecuado para recordarte. Además, siempre he tenido la sensación de que los recuerdos que albergo de nuestra convivencia son indelebles, permanecerán vivos hasta que mi memoria diga basta y después alguien que los haya compartido podrá contarlos.

No merecías marchar tan pronto, amigo. No merece desaparecer quien ha dado tanto a la vida. No deberían morir aquellos que, como tú, han exigido poco mientras dejaban lo mejor de sí a quienes lo rodeaban. La sensación que invade a los que aquí quedamos se asemeja a la del empresario arruinado tras una vida de trabajo, al eterno campeón por fin vencido, a la del lugareño que visita el pueblo en el que nació y comprueba que yace abandonado desde hace años tras la huida de sus pobladores.

No sé dónde estás ni si nos observas cargado con tu sonrisa de los sábados, esa que nos indicaba que estábamos exentos de responsabilidades y podíamos dedicar todo el tiempo al comentario jocoso, a la comida con sobremesa, a las actividades que no se incluyen en la agenda, a sentirnos un poco más cerca y agrandar el aprecio que intercambiábamos. Si pudieras vernos, serías consciente de que te echamos mucho de menos; te darías cuenta enseguida de que las cosas no son iguales desde que no estás – se parecen, pero no son las mismas-; los lugares que frecuentábamos juntos no tienen el aderezo del que disfrutaban cuando se esperaba tu visita.¿Recuerdas? Al llegar, casi todos giraban la cabeza mientras esperaban un comentario, una sonrisa, los más afortunados, un abrazo. Encajabas en ellos como si se hubieran fabricado para ti y eso que nunca hiciste alarde de lo mucho que aportabas a esos sitios, exento como estabas de soberbia o presunción. En cada uno de esos sitios, tu luz era tenue pero muy cálida, cautivadora y, una vez acostumbrados a ella, irreemplazable; cuando faltabas, daba la impresión de que abrían por compromiso, sin convicción y se te echaba de menos más que al aire acondicionado en verano.

Si pudieras vernos, serías consciente de que te echamos mucho de menos; te darías cuenta enseguida de que las cosas no son iguales desde que no estás

Hemos tardado mucho en hablar de ti con cierta naturalidad; meses después de que nos dejases evitábamos los comentarios, las alusiones y los recuerdos que te tenían como protagonista. No era un olvido precipitado, el silencio tampoco se usaba como una estrategia para alejar el miedo a sufrir los embates que a ti te han derribado, más bien sufríamos una incapacidad manifiesta para asumir tu ausencia, aunque sin apenas advertirlo repitiéramos tus expresiones, usáramos tus chascarrillos o refiriéramos andanzas en las que tuviste algún protagonismo.

¿Sabes Fernando? El día que te despedimos hubo lágrimas, pero sobre todo un silencio incómodo y desagradable, mucha tristeza, languidez, desconsuelo… Tras entregarte a la tierra, hicimos un largo ejercicio de reflexión, sin tan siquiera ponernos de acuerdo, que nos condujo a esa oscura sima: ¿hay algo más allá de esta vida que compartimos?, ¿volveremos a encontrarnos?

Si es así, si tropezamos de nuevo, es fácil imaginar tu expresión, seguro que no habrá perdido efervescencia y, sea donde sea, los que se incorporen querrán saber de ti porque esa luz tuya brillará como siempre: hay luces que nunca se apagan.

A Fernando Arias que sigue vivo en alguna parte.


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