Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

Aquí, hoy, debería escribir la tercera parte (la que hipotéticamente le gustará a mi padre, pues las dos anteriores entregas le parecieron vagas, blandas y no verdaderas) de “Metropolitano”, dedicada al Atlético de Madrid y a mi relación con dicho equipo, peroooo…; también podría aparecer hoy, aquí, una columna–homenaje a quien fuera mi cardiólogo, el doctor Palomino (enamorado como pocos del buen vino y del boxeo; yo le decía, “pero doctor, para el boxeo, lo mejor es el jazz y el whisky”, a lo que él respondía con un irónico, “sí, qué sabrás tú”), recientemente fallecido, pero no escribiré sobre esto, no. ¡¡¡Gesanta!!!, podría componer una oda a la Virgen del Litio de La Montaña (aunque La Señora ya tiene palmeros y palmeras que la suben y bajan todos los años en fechas señaladas, y sin embargo, no saben que a La Patrona habrá que moverla de sitio porque la mina a cielo abierto fagocitará todo el “montañoso” entorno) pero la poesía “clásica” no es lo mío, no hago rimas yo.

Un pitido perturba mis oídos, enmudezco, agacho la cabeza y si puedo correr, ¡corro!

De camino a casa para escribir esto que ahora tienen delante de sus ojos (esos ojos que se han de comer los gusanos –lo siento, estoy asimilando “cosas” y eso me hace ser cruel, solo durante unos instantes, sí, pero instantes al fin y al cabo-) he pensado en el miedo, en el miedo cerval que algunas situaciones* me producen, un miedo que se refleja en mi mente, claro, pero que tiene consecuencias directas en mi físico: mi cuerpo entero se pone laxo (quisiera ser nube); los brazos caen inertes (como los de las bailarinas de danza irlandesa); las piernas pareciera que enflaquecen y tiemblan (eso sí que no lo parece, es); un pitido perturba mis oídos, enmudezco, agacho la cabeza y si puedo correr, ¡corro!

Cuando se trata de la verdad no hay huída posible (este es el asterisco de ahí arriba); escribió alguien (al que musicó Serrat) que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Aceptar lo inaceptable, esperar lo inesperado, parece ser que dijo Confucio, o por lo menos es un dicho chino, pero lo de “comerse” lo inaceptable creo que no me hace sabio, me hace viejo, y me jode. Escuchen al sufriente y doliente de Shostakovich (este compositor estuvo bajo el poder de Stalin, y solo conozco una fuerza mayor a la de este asesino: el amor), seguramente no entiendan de lo que he escrito, pero tal vez les ponga en alerta.


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