La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Paseaba Juan Humilitas por donde siempre lo había hecho. Recorría, cuatro veces por semana, metódicamente, el mismo trayecto que había ido modificándose ante sus ojos por la avidez constructora de la época. Los márgenes del camino que antaño ocupaba la flora típica de la tierra se habían ido poblando de urbanizaciones que habían socavado su intimidad, de manera que ahora no experimentaba esa sensación de paz de la que durante años había disfrutado. Aun así, no lo había cambiado porque le parecía una deslealtad y siempre había presumido de no cambiar sus sagrados hábitos si no sobrevenía una contrariedad ineluctable.

En los últimos meses, consagraba su mente en estos solitarios momentos a un pormenorizado recuento de todas las cosas que habían sido trascendentes en su vida y se había dado cuenta de que, en realidad, ninguna de ellas surgió de su decidido impulso; más bien todo había acontecido para saciar los deseos de otros o evitar los conflictos que tanto detestaba.

No albergaba malos recuerdos de su infancia, pero tampoco buenos. Se había criado entre hermanos mayores con los que compartía poco, un padre impositivo, casi siempre malhumorado, y una madre cariñosa, aunque algo apocada. Los estudios primarios no le fueron mal, pues dedicó mucho tiempo y esfuerzos enormes para evitar las filípicas tanto de sus iracundos profesores como las de su padre, que solía estar plenamente de acuerdo con ellos en forma y contenido.

No sobresalía entre sus compañeros de clase – nunca supo cómo llamar su atención- pero se libró de las continuas acometidas de lo bravucones, que no se fijaron en él para hacerle protagonista indeseado de sus andanzas. Disfrutó, eso sí, de la relación con Ildefonso, Ilde, que había heredado de su padre el nombre y sus escasas energías y con el que mantuvo una hermosa amistad hasta que se lo llevó Dios apenas comenzada la edad adulta.

Poco después de acabar la mili conoció a la que luego se convertiría en su mujer. En realidad, la única que se fijó en él y, no podía ser de otra manera, se parecía más a su padre que a su madre. La suya no había sido una historia de amor que sirviera de guion para el cine, pero no les había ido del todo mal. Se habían casado en el momento preciso, cuando ella lo decidió, tras acabar Juan la carrera que su padre, por supuesto, había elegido para él sin tan siquiera preguntarle, y obtener un puesto de trabajo tan aburrido que resultaba alienante, pero seguro y suficientemente retribuido.

Quizás la llegada de sus hijos se había convertido en el momento culminante de su existencia. Disfrutó intensamente de su infancia, pero la llegada de la adolescencia y tras ella la primera juventud les había alejado hasta convertirlos en desconocidos con sus mismos apellidos y, por necesidad, la misma dirección.

Ahora, con buena salud, pero no muchas energías andaba Juan un poco taciturno por esa vida cómoda aunque insulsa. Se daba cuenta de que jamás había decidido nada sin que alguien de su entorno interviniera con tanta vehemencia que su opinión quedaba siempre un poco al margen. Por eso sentía una desazón que había ido creciendo poco a poco hasta convertirse en insufrible y que le empujaba a tomar determinaciones en las que nadie pudiera entrometerse.

Además, si no había interesado mucho nunca a nadie, ¿por qué habrían de preocuparse ahora? Cambiar de sexo y llamarse Aurora, como siempre había querido, no es tan importante.


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