Historias de Plutón /
José A. Secas

Una pregunta clave que a veces lanzo a desconocidos y cuya respuesta es altamente esclarecedora es: “¿Eres más de carnaval o de semana santa?”. Es relevante la edad del espetado y su origen y normalmente no acepto divagaciones y medias tintas más o menos diplomáticas. Me consta que hay personas que pueden celebrar y disfrutar ambas (o ninguna) fiestas pero esas dos únicas opciones encierran en sí mismas mucho más que una predilección festiva: son el reflejo de una postura ante la vida, unas creencias y una personalidad.

Este año, por circunstancias excepcionales, no he vivido, ni tan siquiera de raspajilón, la fiesta de Carnaval (si, con mayúscula) y, adelanto, estoy absolutamente seguro de que no viviré (aunque no descarto encontrarme casualmente con ella) la semana santa. Con todos mis respetos a esta renombrada fiesta tan en boga en nuestra ciudad que tanto turismo atrae y tanta participación arrastra, no me estimula nada; al contrario que las carnestolendas. No voy a dar razones ni explicaciones porque son bastante evidentes y no quiero herir susceptibilidades, ni tampoco echar la vista atrás con nostalgia de aquellos carnavales post-transición y ochenteros que me cogieron con la juventud propicia y la predisposición innata. Tengo mi teoría (política) de porqué la semana santa fue empujada a la gloria en detrimento del Carnaval pero, de nuevo, no quiero retratarme y mucho menos exponerme.

No están estas letras para quejarme o criticar. Como siempre, trataré de ser constructivo. Aportando mi teoría quizás consiga iluminar a un político (je je je -me troncho-) para que cambie el rumbo de esta fiesta en mi ciudad donde solo veo disfrazados a los niños, los camareros y los entusiastas (normalmente, padre de niños). Los demás, se van de puente o a otra ciudad con mejor oferta carnavalera.

Hay dos referentes mundiales en el Carnaval: Río de Janeiro y Venecia. En España, tenemos a Cádiz y a los carnavales de ambas Islas Canarias. Uno es multitudinario y el otro singular (o por parejas). El carioca es participación, masa, jaleo, ritmo y voluptuosidad y el veneciano es estética, refinamiento, misterio, individualidad y arte. Lo de Cádiz es especial porque las murgas y chirigotas tienen “musho arte” y no es comparable. Miro a Extremadura y veo cómo Badajoz ha sabido copiar y aunar los dos modelos españoles con mucho tino y excelente respuesta y resultados. Olé por ellos. Miro a Cáceres y me entran ganas de llorar porque son un quiero y no puedo tan lamentable como inútil (aunque parezca que está en alza…).

Y aquí va mi propuesta: potenciemos un Carnaval “a la veneciana” donde se premie a personas o parejas, donde no se cante como en Cádiz o se desfile como en Tenerife. Un carnaval individual donde el diseño, la ocurrencia, el estilo, la gracia, el ingenio y el arte quede solo reflejado en la ropa y en el rol que te empuja a defender. Buenos premios y buena estrategia de marketing. No pido más.


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