Mi ojito derecho /
Clorinda Power

En el edificio de oficinas donde trabajo vivía un hombre. Se encaramaba a la fachada y se pasaba el día con las piernas colgando, la camisa planchada, el cuello almidonado y una lata de cerveza en la mano. Se afeitaba una vez a la semana y se cambiaba de ropa todos los días. Nunca se arropó con cartones, nunca sostuvo una manta, un perro o una flauta. Fumaba cigarrillos que pedía en un susurro a los oficinistas en sus descansos. Para algunos, aquella era la excusa perfecta para intercambiar unas palabras.

Por las mañanas, en el lugar donde se encaramaba a la fachada, solían dejarle unas manzanas madrugadoras, unas galletas maría, un tetrabrik de zumo como los que nos llevábamos a las excursiones de críos. El hombre dormía en cualquier otro sitio y permanecía junto al edificio de oficinas lo que dura una jornada laboral. A veces, incluso más.

Se comentaba en el ascensor que hace no mucho tiempo ostentó un cargo importante en alguna gran compañía. Más de uno fantaseaba con la idea de que su despacho estuviera en ese mismo edificio de oficinas. Secreter de madera, alfombra persa, vistas increíbles desde su cristalera. Nadie lo sabía con certeza, pero todos parecían convencidos de que aquella historia era cierta mientras le ofrecían sus cigarrillos de marca a un hombre que lo perdió todo excepto sus rutinas (camisa planchada, cuello almidonado, afeitado a navaja una vez a la semana, jornadas de ocho, diez o doce horas).

Este hombre murió de una neumonía el mes pasado. Los del Samur se lo encontraron encaramado a la fachada, tieso como una cornisa. Cuando volví de las vacaciones de Navidad, en el lugar donde solía haber manzanas, reposaba un ramo de flores y una nota que decía “Te echaremos de menos”. Al día siguiente, mientras me fumaba un cigarro, llegaron los de la tele. Un reportero se acercó a mí con el micrófono en ristre y, sin cámara que me apuntara, me preguntó si sabía que el hombre que se encaramaba a la fachada había muerto. Le dije que sí. Me preguntó si alguna vez había hablado con él. Le dije que no. Me preguntó si alguna vez le había ofrecido un cigarrillo. Le dije que no. Por último, me preguntó si podría responder a esas mismas preguntas delante de su cámara. Le dije que no.

En nueve meses no me aprendí su nombre. Nunca le dejé manzanas. Nunca le ofrecí un cigarrillo. Nunca me interesó su historia. No echaré de menos al hombre que se encaramaba a la fachada.

No sé lo mucho o lo poco que esto dice de mí, pero todo esto sucedió así, es la verdad y os la quería contar.

(Este texto fue publicado el viernes 20 de enero en la web de relatos www.cuentoscomochurros.com)


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