Con ánimo de discrepar
Víctor Casco

El Arte es, probablemente, una de las manifestaciones más claras de poseer conciencia de uno mismo. Las primeras representaciones que realizan las comunidades humanas del pasado buscan dejar constancia de sus manos, de su cuerpo; del contexto que los rodea, los animales, por ejemplo; y de sus actividades: la caza, la danza… En los tres casos, quienes realizan ese primer arte parietal son conscientes de que “existen”. No hay casualidad, sino intencionalidad.

Hasta el momento, esa manifestación de “tener conciencia de uno mismo” estaba reservada al homo sapiens (nuestra especie). No somos el único animal en fabricar útiles (lo hacían otros miembros del género homo y en la actualidad muchos animales emplean “instrumentos” para asegurarse su supervivencia) ni somos los primeros en enterrar a los muertos (lo hacían también los neandertales). El lenguaje complejo y simbólico también es atribuido en muchos estudios a nuestro primos extinguidos, cuyos primeros huesos se encontraron en el valle alemán de Neander. Sí finalmente se confirma, sin género de dudas, que algunas de las manos de nuestra cueva de Maltravieso (y otras primeras manifestaciones artísticas del arte parietal en la Península) fueron realizadas hace 60.000 años por un neandertal, se certificaría de manera definitiva que no somos la primera ni la única especie en tener conciencia de la existencia. En todo caso, se sospechaba en el caso de los neandertales.

No somos la primera ni la única especie racional. Hubo, al menos, otra

Esa es la gran implicación del estudio publicado en la prestigiosa revista “Science” que ha saltado a las primeras páginas de los telediarios y la prensa escrita. Un estudio en el que se han embarcado varios prestigiosos grupos científicos internacionales, ninguno de ellos español o con presencia de nuestras Universidades, básicamente porque el gobierno del Partido Popular ha asestado un golpe probablemente mortal a la investigación científica española.

Algunas de nuestras autoridades políticas, conocida la noticia, empezaron a salivar pensando tal vez en un Parque del Neandertal, quien sabe si con muñequitos articulados. ¡Terrible! Ninguno fue consciente de la magnitud del descubrimiento: no somos la primera ni la única especie racional. Hubo, al menos, otra.

¡Y pensar que la cueva de Maltravieso estuvo a punto de desaparecer, fruto de los intereses empresariales en los años 50! De hecho, cuando Carlos Callejo empezó a moverse para impedir la destrucción irreversible de la cueva, ya había desaparecido una parte de la misma. Pero esa es una historia que contaremos otro día.


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