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Historias de Plutón /
José A. Secas

Cada día se levantaba con un propósito que había gestado entre sueños. Parecía que improvisaba pero no; era el subconsciente más onírico el que le imponía el objetivo de cada día. Él lo aceptaba como fruto de su naturaleza. No era una costumbre o un hábito adquirido, no se esforzaba en conseguirlo y, mucho menos, se empeñaba en ello. Le venía con naturalidad, desde siempre, cada mañana cuando abría los ojos y pasaba de la profundidad del sueño al abismo de la realidad; sin pasar por la vigilia. De repente.

Desde el momento en que abría los ojos sabía de qué se tenía que ocupar ese día. Era fácil: solo observar y tomar nota mentalmente, retener, generar recuerdos y fijar pequeños fragmentos de la vida en su memoria, con el único objetivo de que su obstinado afán por percibir un aspecto de la realidad durante ese día, fuese el caldo de cultivo de sus sueños en la noche y que los excesos o las carencias, las alusiones o correspondencias, las afinidades o contradicciones vividas durante la jornada, le allanaran el camino en pos de su objetivo a la mañana siguiente.

Como esta cualidad (por llamarlo de alguna forma) la tenía desde niño, no le daba importancia y lo consideraba normal. Solamente, hasta que las redacciones del colegio brillaron sobresalientemente un día si y otro también o veía a sus amigos extasiados escuchando los relatos de sus observaciones vitales fue consciente de que su habilidad, su costumbre o su forma de ver el mundo era un don que le hacía singular y valorado. Por eso comenzó su videoblog. Quería que los relatos diarios, los pudieran disfrutar más gente, en más sitios y durante más tiempo. Así aprendió a vivir: observando y relatando, mirando y mostrando, interpretando y comunicando.

Un día, ya mayor, soñó con la muerte y la observó con detenimiento durante todo el día en las hojas de los árboles, el las noticias del telediario, en los mosquitos del parabrisas de su auto, en el filete que comió y en sus ojos desvaídos cuando miró al espejo después de cepillarse los dientes. Al día siguiente no grabó su video diario porque no llegó a despertar. Lo bueno de esta historia es que su don, antes de marchar con su alma a la otra vida, se deshizo como una escultura de arena azotada por el viento de Levante y se mezcló con el aire y todos los niños que en ese momento nacían en el mundo lo respiraron a la vez, lo recibieron con gozo, lo engendraron y lo hicieron crecer. Por eso, cada generación, aritméticamente, crece el número de hombres que saben vivir mirando y mostrar la vida a los que no sueñan.


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