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Pantalla / Eduardo Villanueva

Ahora que ya sabemos que el nuevo Star Wars de JJ Abrams es básicamente un calco de la primera cinta de 1977, que a su vez era el cuarto capítulo de una trilogía, que ya no es trilogía sino saga-franquicia multimillonaria con (hasta la fecha) siete capítulos, podemos decir que la serie de ‘La guerra de las galaxias’ (como se conocía antiguamente, antes de los tiempos del CGI) sigue arrasando en taquilla, pero poco tiene que aportar ya a la historia del cine.

Era de esperar que Abrams abrazara la añoranza de la mítica cinta de Lucas de 1977 y se alejara de la fría y digitalizada trilogía posterior que el propio George Lucas perpetró, y que alumbró al bicho más asqueroso, bobo e insufrible de toda la saga: Jar Jar Binks. Aquí, Abrams recluta a un guionista añejo como Lawrence Kasdan para ofrecer un calculado producto que maniobra entre la nostalgia de la cinta seminal y el nuevo acabo de la factoría Hollywood. Todo ello para no contar nada nuevo, pero seguir ahondando en la enorme influencia cultural de esta franquicia y seguir haciendo millonarios a los ya millonarios.

Dicho esto, y sin acritud, porque la película entretiene y tal, e incluso atesora escenas de gran potencial cinematográfico, procedamos a destacar, así porque sí, los mayores gazapos (de guión) de Star Wars.

1. La primera Estrella de la Muerte costó décadas construirla, pero cuando vuelven a fabricar una nueva, resulta que lo hacen en un par de año; por aquello de que corría prisa estrenar la secuela.

2. En la primera trilogía, el Anakin Skywalker que describe Obi-Wan Kenobi es un hombre noble y guerrero que, trágicamente, cayó en el lado oscuro en un momento (puntual) de debilidad. El Anakin que ya se perfila en el Episodio II es un tipo vengativo, casi abyecto, que no tiene nada que ver con lo descrito por Obi-Wan, (ni tampoco tiene nada que ver con la flojita interpretación de Hayden Christensen).

3. Al final del Episodio III, Obi-Wan y Yoda deciden ocultar a Luke de Anakin, ya reconvertido en Darth Vader, para que no le encuentre y le mate, siendo éste la última esperanza de los Jedi. Luke crece con sus tíos en el planeta natal de su padre, Tatooine, pero a nadie se le ocurre cambiarle su apellido, para despistar, vamos. Todo muy obvio. Leia contaba en el Episodio IV que su madre murió de tristeza cuando ella era pequeña. Pero en el Episodio III vemos cómo Padme Amidala muere durante el parto de los mellizos. Algo no cuadra.

4. Anakin construyó a C3PO cuando era un niño en Tatooine. Pero cuando lo ve años después (en el Episodio V), ya convertido en Darth Vader, se le olvida. Como el apellido de su hijo. Lo mismo es que se hace el tonto. Al igual que Obi-Wan, que en el Episodio IV tampoco reconoce a C3PO ni R2D2.

5. Lo de la aparición de Anakin junto a los viejos fantasmas de Obi-Wan y Yoda en ‘El Retorno del Jedi’ no cuela. Otro extra metido a capón para vincular las precuelas con la trilogía original.

6. Yoda, adalid de la no violencia y la sabiduría (como deja bien claro en la escena con Luke en el planeta pantanoso de Dagobah), no se lo piensa dos veces en empuñar el sable láser en ‘El ataque de los clones’ (con razón es la peor de toda la saga). Algo similar pasa con el emperador Palpatine cuando saca el sable láser en ‘La venganza de los Sith’.

En fin, sin entrar a analizar la pobreza de unos guiones más o menos prefabricados, siempre se puede disfrutar de un gran espectáculo cinematográfico.


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