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Los cuatrocientos cadáveres

Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

Los cuatrocientos cadáveres que erigen sobre las aguas del Ponto la mayor de las estatuas conocidas en esta podredumbre llamada “mundo”, son los hijos de Vótaras, la antigua capital del Bajo Záser, y allí, a orillas del río más hermoso de la Creación, con permiso del Yenisei, sobre los esqueletos de los más valerosos y magníficos jóvenes de la patria, las fuerzas del dragón (ahora que no soy su cronista y amanuense oficial puedo escribir ese nombre, “dragón”, con minúsculas) construyeron un faro, falso homenaje al de Rodas, con la ayuda del alma de Stevenson (el que proclamó que, <<sin espuelas, degradado, la lucha abandono>>).

Fueron exterminados, los más valerosos y magníficos, con un soplo de aire viciado y caliente, el viento los golpeó y se apoderó de ellos, sus armas no llegaron siquiera a chocar contra las de las fuerzas invasoras; en las trincheras, la incertidumbre, el miedo y el pánico hicieron su trabajo, las almas intrépidas, las almas puras… sucumbieron ante el envite del mal, ese mal sin forma y sin cuerpo, esencia nada más, incorpóreo, poderoso, eterno, humano, ese mal que hizo que los hijos y nietos de los fundadores se acobardasen y olvidasen el juramento hecho a los pies de la estatua de Beethoven, “aunque fuera por un trono, ¡nunca traicionar a la verdad!” –eso les ofreció el dragón, un trono a cada uno, un trono, un palacio, una tierra, súbditos, oro, poder e inmortalidad; cayeron, se traicionaron, perecieron-.

Con risas, agudas risas desagradables, sobre los difuntos que no supieron defender su espíritu ni el de los suyos -vivos o muertos-, el dragón (centinela de mil ojos que no son otra cosa que diamantes) levantó su réplica, gigantesca y perfecta, terrible. Escuchamos las carcajadas en este paraíso sometido que habitamos sin los más valientes y magníficos de los jóvenes que se fueron a la guerra cantando y no volvieron -muertos, huidos o perdidos para siempre jamás-. Leopoldo María Panero se ha quedado solo, siempre lo estuvo: <<… se te olvidó que me diste tu vida y tu palabra, ¿cuándo volveré a beber la cerveza de tu menstruo, que golpea, sobre el cerebro, como el tormento?…>>.

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