Con ánimo de discrepar
Víctor Casco

Mientras escribo estas líneas está compareciendo ante la policía el activista Roberto. Las fuerzas de seguridad irrumpieron en su casa, seis coches, le requisaron el móvil y el ordenador y le acusaron del terrible, del escandaloso, del execrable crimen de escribir en facebook “los Borbones a los tiburones”.

Sí amigos, seis coches de la policía para llevarse a un joven por dejar constancia en una red de una frase que yo mismo he pronunciado cientos de veces en manifestaciones desde que tengo edad de recordar.

Hace más de 150 años los hermanos Bécquer hicieron circular un panfleto que con el título “Los Borbones en pelotas” hacía un recorrido ilustrado por la ajetreada vida sexual de Isabel II y otros relevantes miembros de su familia, como su marido Francisco de Asís o sus ministros, con especial predilección por el confesor de tan augusta reina y el general Narváez, famoso, dicen, por su espadón. Aquellas viñetas fueron el escándalo del siglo.

La alianza del trono y el altar, resucitada por unos tribunales y una fiscalía desatada

Conviene parar, reflexionar y sobre todo indignarse ante el retroceso gigantesco que está sufriendo la libertad de expresión en este país. Los jueces justicieros, olvidando su papel de garantes de los derechos humanos y las libertades, se dedican con ahínco a proteger a la corona o la iglesia de cualquier crítica, escarnio o incluso ironía. La alianza del trono y el altar, resucitada por unos tribunales y una fiscalía desatada.

Willy Toledo va ser juzgado “por insultar a Dios” (¿acaso la deidad ha bajado a la tierra a interponer una querella?) y un joven ha sido detenido por escribir un eslogan clásico de las manifestaciones de los años 80, 90 y principios del 2.000, antes del Retroceso. Porque ya podemos hablar del Retroceso.

En el país de “¡me cagüen dios!” o “Los Borbones en pelotas” hoy sufrimos una plaga de meapilas, ofendidos y jueces neofranquistas que le hacen a uno recordar aquello que escribía Santa Teresa de Jesús: ¡de estos santos amargados, líbranos señor!


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