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Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

En el mismo día en que Ute Lemper (cantante y actriz alemana nacida en Münster, “la ciudad de las bicicletas”) presentaba en el Círculo de Bellas Artes de Madrid su nuevo proyecto, “Llanto por Auschwitz”, en un piso de la capital de España tenía lugar una subasta de un cuadro de Cotie que yo quería agenciarme (disculpen la descortesía, no me he presentado, soy Crispín Leford, anticuario), “Dos gallos cantando en la amanecida”; un lienzo de gran formato, seis metros de lado por tres de alto, en donde bajo una alborada naranja, dos pajarracos, uno amarillo y otro azul, de esos que cantan kikirikí y tienen cresta (¿las han probado, tanto crudas como pasadas ligeramente por la plancha: dos golpes, puf, puf, y adentro?), se desgañitan por ser los amos del corral. Sí, quería aquel cuadro (que había pertenecido a cierto judio) no para venderlo, sino para mí.

Soy torpe, estamos en el salón de la casa, ha desaparecido el propietario, y esperamos a que comience la puja. Me acerco a la obra fauvista, la rozo ligeramente en uno de sus costados y se desploma. Asombro general porque descubrimos una puerta que nadie conoce (la casa es habitual sede de nuestros “negocios”), la abrimos y “oooohhhhhh”, un almacén con todo lo que un ladrón (como yo, como los otros catorce) ansía: relojes de todos los tamaños y épocas, muebles históricos, lámparas antiguas, porcelanas chinas (wow!) y europeas; plata, oro, joyas (no hay ningún Huevo Fabergé, ¡merde!), esculturas, cuadros y complementos (sombreros, bastones, tocados, capas). Cada uno fue a lo suyo y arrampló con lo que pudo (ese no fue el único saqueo; como los que allí estábamos nos conocíamos, de sobra, quedamos para vaciar el piso en varias ocasiones, sin preguntar, por supuesto, por el dueño). Me llevé, en un primer viaje, dos jarrones chinos, dinastías Shang y Zhou (cuando se desarrolla la cerámica y esta adquiere categoría de arte mueble), y los llené de manufacturas de loza de Meissen, Sèvres, Chantilly, Vicennes e Imperal Rusa, y un bastón de plata con la empuñadura representando un caballo (capricho de viejo que me di).

Cuando salíamos por el portal de la casa de la Avenida de La Habana (por cierto, se nos fue el caimán; nadie es eterno, ni siquiera Fidel Castro), a Ute Lemper, en el Círculo de Bellas Artes, le pedían, como cada vez que presenta algo, que interpretase una de sus canciones fetiche (Non, Je Ne Regrette Rien; Lili Marleen; La Vie En Rose), a lo que ella contestó, “no, voy a recitar una poesía que tiene que ver con mi nuevo trabajo; es de Ilse Weber, ´Camino por Theresienstadt`, y dice así, <<Camino perdida por Theresienstadt, / con el corazón rebosante de plomo, / hasta que abruptamente mi paso se detiene / cerca del bastión. / Ahí me quedo, paralizada en el puente, / y miro hacia el valle: / ¡Cuánto me gustaría seguir caminando, / y poder volver de nuevo al hogar!…>>.


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