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Lecciones

Desde mi ventana
Carmen Heras

La vida te enseña siempre si quieres aprender, lo qué pasa es que no siempre queremos. Me veo a mi misma, una chica joven, llena de ilusión con las cosas, caminando por las calles de una ciudad de provincias, o yendo y viniendo de la Facultad, la cabeza llena de las preocupaciones propias de mis pocos años y no puedo menos de comparar aquellos tiempos, mejor dicho las actitudes vitales de aquella época, con las de ahora.

Queríamos entonces recorrer el mundo, aprehenderlo en las salas de cine, en las exposiciones, en los libros prohibidos de la editorial ‘Ruedo Ibérico’ que traían los amigos en el fondo de la maleta, cuando volvían de trabajar como camareros en Suiza. Porque la beca pequeña con la que estudiar en el invierno, necesitaba un extra.

Aquellos no eran tiempos mejores que los de ahora, salvo en la ilusión de cada día, salvo en la actitud de los jóvenes. Creíamos que las grandes causas eran posibles y el estudio, el trabajo, la lectura, unas herramientas inmejorables para alcanzarlas. Sólo desde la ingenuidad más absoluta pudimos hacer lo que hicimos, sólo desde la fe en las ideas nos fue dada la confianza para pelear por ellas y dar la vuelta a un destino que nunca estuvo escrito del todo.

Ahora se ven las cosas de otra forma totalmente distinta, ni mejor ni peor, distinta la manera y los gestos que las acompañan. Hoy es complicado encontrar galeotes remando a favor de las grandes causas, hoy se pelea por los liderazgos de cuestiones concretas, que afectan a colectivos particulares con objetivos e intereses específicos, todos convertidos en usuarios o consumidores en lucha por nuestros derechos como tales; no hombres o mujeres en pos de la universalidad o la ciudadanía en el más amplio sentido de la palabra.

Reclaman los chicos un trabajo digno pero al tiempo “desean” que no lo tengan otros, o unas condiciones sanitarias o unas notas escolares, o vaya usted a saber… la competitividad no es hoy un demérito en el currículo, sólo algo que se asume como normal, como se ha asumido no tener dinero, ni casa, ni futuro seguro. Por poner algún ejemplo.

Aún así se vive. Acabo de leer en las redes las reacciones ante una protesta ciudadana sobre un asunto local, algunas altamente furibundas y empáticas con quien hizo primero la denuncia, otras indiferentes y otras beligerantes con la persona que se ha atrevido a denunciar, porque, vaya por Dios, se enfada con cualquier cosa y pobrecitos los operarios que ellos no tienen la culpa de nada. Como si trabajar con eficacia y produciendo las menores molestias posibles a los conciudadanos fuese algo inalcanzable. Algo de otro mundo mundial.

 

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