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Las palabras de Garrovillas

Dudas de papel /
Goyo Tovar

Usted ya no tiene ganas de leer. Los sabios, los chismosos y los variados predicadores han sembrado la desgana sobre un campo bien labrado con anterioridad. Ya ven muestras suficientes y abundantes que intentan seducirnos para que en nosotros se produzca otro gran cambio: las palabras no sirven.

Este gran cambio, no pregonado por nadie, pero aireado por algunos artistas de la pluma y el micrófono, tiene dos frentes de ataque.

El primero se arma contra la verdad, esa cosa cada vez más rara de fabricar, encontrar y distinguir. Estamos rodeados de casos en los que su descripción se identifica no solamente con un barullo recocido de explicaciones, sino con una manifiesta muestra del descaro que acompaña a la mentira deliberada. La libertad de expresión no sirve para escudo del mentiroso, de la misma manera que la falsedad no pertenece al territorio de la opinión. Estas distinciones meridianas no somos capaces de hacerlas aprender a las criaturas de las escuelas, así que llegan al templo del estudio con las neuronas vagas.

En segundo proviene de la misma vagancia. Frente al hábito corregible de hablar cristiano y escribir como manda la ortodoxia, va escalando puestos el valor de despreciar lo correcto y defender aplaudiendo lo grosero y ordinario. La prueba del nueve la tenemos hasta en los honorables sindicatos que tratan de defender al grupo de aspirantes a bomberos que han suspendido la prueba que controlaba el uso de la escritura correcta; para ellos, “hapagar” quizá signifique que hay que ir a saldar la cuenta pendiente. Otras pruebas las pueden encontrar fácilmente en muchas de las tertulias de cámara y micrófono.

Este segundo vicio está amparado y es corregible utilizando eso que se llama “corrección política”.

Otra verdad exquisita podrá producirse la víspera del Día de la Candelas -escribo esto antes- día en la que el señor ministro del ferrocarril podrá ejercitarse en cualquiera de los dos defectos descritos anteriormente. El buen hombre presentará en Garrovillas la esperanza de los que esperan; pero mi férrea duda sigue por los carriles de la experiencia demostrada por otras nobles y anteriores visitas.

No nos hemos dado cuenta del embrujo de la Estética emponzoñada de sexo y riquezas y así la Ética queda a merced del ridículo de la Filosofía.

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