Desde mi ventana
Carmen Heras

Ocurrió que al abrir el papel doblado apareció el nombre de Carles Puigdemont y todos los alumnos se rieron. Estábamos celebrando las elecciones a Delegados de clase y alguien había empezado a leer lo escrito en las papeletas. El voto se anuló de inmediato, allí el Presidente de Cataluña no era elegible, pero la anécdota sirvió para darme cuenta de hasta que punto la vida se cuela por todas partes y las noticias más.

Lo he dicho en otras ocasiones: para quienes somos miembros de una generación muy austera, muy prudente, incluso humilde en nuestras manifestaciones, es toda una distorsión del sistema el que la transparencia de los actos se convierta (sin tener en cuenta las particularidades) en la brújula que guíe cualquier asunto público o privado.

Como lo es el que se estime al Estado como un padre de familia numerosa con niños pequeños o disminuidos, a los que debe atender en todas las situaciones posibles. Las fotos de los eventos cubren las redes. Y hasta se ven necesarias y pertinentes por algunos políticos.

La anécdota sirvió para darme cuenta de hasta que punto la vida se cuela por todas partes y las noticias más

Pero resulta que el esquema no resiste la mínima reflexión, porque todo lo ansiado no entra en la categoría de los derechos básicos o fundamentales, e incluso éstos no se cubren en su totalidad. Al lado de las exigencias, cada vez más extendidas, camina la preocupante falta de recursos. Siempre recordaré los gritos de protesta de algunas mujeres, parturientas como yo, en el día siguiente al parto, cuando nos dieron a comer cocido con todas sus vituallas. Quizá se notase la falta de sal, pero aún así estaba sabroso y a mí, que no soy persona de mucho comer, me gustó. Mientras las oía, pensaba en la clase de comida que harían en su casa…y la razón de su descontento.

Como tampoco resiste el esquema, el comentario de una oyente en la radio que explicaba que, estando en Alemania por motivos de trabajo, creía que el Gobierno debería buscar algún tipo de ayuda para las personas como ella en el momento de atender a su madre que ya iba haciéndose mayor. “Tiene una buena pensión (la madre) -dijo- pero algo habría qué hacer porque somos bastantes los que nos encontramos en esta situación”. Y a mí se me quedaron los ojos como platos.

Hemos pasado de vivir en una sociedad que prácticamente no recibía nada del Estado a querer recibirlo todo, lo cuál no deja de ser apabullante por el cambio de actitud que conlleva de hace cuarenta años para acá. Delegamos, exageradamente, nuestra responsabilidad en el conjunto, lo cual resulta poco efectivo cuando vienen tiempos de crisis y hay que estrecharse “el pantalón”. Es como si a un niño pequeño nunca se le enseñasen las destrezas para ser autónomo y por ello hubiera que llevarlo continuamente de la mano. Sería nefasto para él. Y la evolución no podría seguir.


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