El último diente de leche
Víctor M. Jiménez

No me fío de quien abandona
zapatos de cristal
en mitad de las escaleras
como señuelo
para corazones incautos,
ni de los labios rosas
que ocultan colmillos.

Unas redes caza-suspiros
son cepos para osos.
Lo aprendí, de mancebo,
en los jardines de Dalila.

Desde entonces sé
que el arte milenario
de forjar anzuelos
roza la perfección
en los dedos suaves
de aspirantes a princesa.


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