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La camiseta del ídolo

niño-mesiLunes de papel /
Emilia Guijarro

 

A todos nos emocionó la historia del niño afgano que posaba con una camiseta hecha con unas bolsas de plástico con el número diez de su idolatrado Messi. En medio del dolor de la ruina, la guerra y la devastación la tierna imagen de ese niño y el gesto de su hermano ha conmovido a miles de personas en el mundo. El resto lo hizo Facebook que puso la imagen en circulación.

Pocos días después el propio Messi, enterado de la historia, enviaba al niño una auténtica camiseta, que puede ser su trofeo más preciado, o su condena a muerte, porque ya hemos sabido que la barbarie que domina gran parte del mundo está condenando a muerte también a aquellos que se solazan con el deporte. El fútbol se ha convertido en un espacio de libertad, como lo es una barra de labios o un poco de maquillaje.

Estamos en la Eurocopa y no hace falta remontarse a historias como ésta para ver como los países se paralizan durante la retransmisión de los partidos. Once jugadores de un equipo, frente a otros once del contrario y el mundo se para. Por eso, no podemos mirar para otro lado y decir ” fútbol es fútbol y vida privada es vida privada” cuando cada día nos enteramos de noticias relativas a jugadores que no nos gustaría leer. El caso de De Gea, de Mouniain, implicados en un macroproceso de prostitución de menores, que aunque se hayan apresurado a negarlo, en las redes sociales hay bastantes fotos comprometedoras, que merecen más explicaciones. El caso de Messi, sentado juntamente con su padre en el banquillo por el grave asunto de la evasión fiscal de miles de millones de euros por los derechos de imagen. Y el de otros muchos jugadores de la liga española que aparecen en los papeles de Panamá. Los enfrentamientos entre hinchas borrachos arrasando la ciudades de Marsella y Lille, donde se celebran los partidos, con numerosos heridos entre ambas aficiones, a pesar de las extremas medidas de seguridad que se pagan con dinero de los impuestos a los contribuyentes son otras imágenes que escandalizan a cualquier espectador.

Son muchas las voces que piden que la legislación debería ser más exigente con aquellos jugadores, y con aquellos clubes, que siendo astros del deporte, tengan comportamientos claramente reprobables y apartarlos de las competiciones internacionales. El futbol no puede permitir ese tipo de escándalos, debe exigir responsabilidades a los jugadores porque muchos de ellos son ídolos y modelo para gran parte de la juventud, y hay una dimensión ética y social en el fútbol que no puede quedar oculta por el brillo de los astros del balón. El fútbol también es educación.

Lo que hoy no sabe el niño afgano es que con los euros defraudados por su héroe podrían comprarse camisetas para todos los niños del país.

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