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Jacinto Pollardo

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Conrado Gómez

Se preocupaba mucho más de actualizar su estado que del estado de la actualidad. Jacinto Pollardo hacía tiempo que no encendía la tele, escuchaba la radio u hojeaba un periódico. Había decidido componerse un mundo a su medida. Dejó de seguir lo que ocurría con las últimas imputaciones de Urdangarín, Correa y Bárcenas. Tenía depositadas demasiadas esperanzas en la justicia y comprobaba cómo siempre se protegía al poderoso. Fue algo así como un desencantamiento de la vida digna. “Ya está bien”, se dijo un día recién amanecido. Decidió cambiar. Se vistió como de costumbre y fue a la oficina por última vez. Abandonó todo rastro de rutina conocida. No volvería a repetir mecánicamente lo que le quedase de existencia. Era un autómata en manos de los oscuros intereses de las grandes compañías. No estaba seguro cómo, pero sabía que de una forma u otra trabajaba para Mercadona o Zara. Recogió sus cosas en una caja de cartón y las dejó en el contenedor situado justo en la puerta del macroedificio que albergaba un lúgubre despacho donde se encargaba del inventario de una empresa de ferretería. “Le faltaría un tornillo para seguir contándolos”, solía bromear con su vecino Enrique. Por fin había conseguido dar el paso y cortar los hilos invisibles como hacía la buenorra de Julia Roberts en el anuncio ese de la colonia. Sacó su carné de afiliado de la cartera y se dirigió con semblante meditabundo a la sede de su partido. Él sí que había pasado horas y horas lamiendo sobres y poniendo sellos. Lo hizo por un bien común, no como los rastreros aprovechados que sólo se llevaban la mano al pecho con el himno si pasaba antes por el bolsillo. De eso también había aprendido. “Militante” venía de “militar” y él ya tenía el cupo de órdenes rebosando. También fue al gimnasio. Liquidó su última cuota.

Ya está. No tenía ataduras. Ni responsabilidades. Ni compromiso. Ni siquiera familia. Su mujer le había abandonado meses atrás llevándose consigo a los niños. Le acusaba de estar pendiente de todo menos de ellos. En el fondo tenía razón, pero no pudo escucharla demasiado. Tenía una llamada importante que atender. Había que seguir mandando cartas para hacer más afiliados. Necesitaban más cuotas.

Jacinto Pollardo era un hombre nuevo. Se afanaría en conseguirlo. Empezaría actualizando su perfil de facebook, pondría algún tuit misterioso buscando algún retuit y se abriría una cuenta en Instagram. No podía cambiar de vida sin contarlo. Pensaba incluso en abrir un blog: “El hombre que prescindió de todo”. Ya se veía con millones de followers que se identificarían con su rechazo existencial. Es más, podría incluso ser el referente de un nuevo movimiento: “el rechacismo”.

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