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Cánovers /
Conrado Gómez

La semana pasada, concretamente el viernes 25 de noviembre, víspera de Horteralia en Cáceres, moría a miles de kilómetros de aquí, en La Habana, uno de los personajes que han marcado la historia reciente del mundo: Fidel Castro. Se fue la persona, el dirigente y el icono. El que para unos fue un revolucionario y para otros un dictador, falleció a los 90 años de edad.

Castro ha trascendido su figura para ocupar un puesto en el imaginario colectivo de la sociedad. ¿Pero qué elementos influyen para que alguien pase a formar parte de la historia? Castro, comandante en jefe de la revolución cubana, ha sabido manejar a la opinión pública para moverse entre héroe y villano y volver a concitar la atención mediática el día de su despedida. Es cierto, tiene la izquierda algo que edulcora las vilezas haciéndolas pasar por sacrificios del pueblo. Y sí, Fidel, con sus luces y sombras supo mantener el pulso al todopoderoso Estados Unidos a pesar del bloqueo económico y comercial que recortó a sus paisanos sus posiblidades de desarrollo. Apostó por los servicios públicos como bastión de su ideología. Sanidad y Educación a la cabeza del mundo. Una cultura interna a prueba de bombas salpicada por casos de persecución política y represión de sus opositores. No podemos obviar que subió al poder derrocando al anterior gobierno mediante un golpe de Estado, un sistema tan poco democrático como contrario a los códigos de civilización. Técnicamente fue un dictador, aunque sociológicamente se convirtiera un líder.

Casi todos los jefes de Estado y presidentes de países del mundo acudieron a La Habana a presentar sus respetos a su hermano Raúl Castro y al pueblo cubano. Aquí Podemos afirmó que la representación española le parecía escasa. Parece un contrasentido que al mismo tiempo hayamos apoyado la libertad ideológica y el derecho de organización y representación de la oposición cubana. La política es demasiado compleja para tratar de analizarla bajo parámetros de coherencia y congruencia. Sonrisas y dientes. Somos capaces de condenar a la persona pero reverenciar al icono, que se convertirá en leyenda, como su compañero el Che Guevara.

Las personas somos muy de modelos, de referentes. Buscamos ese báculo que nos sirva de apoyo en la oscuridad a pesar de reconocer en nuestro fuero interno que está lleno de contradicciones. Nos olvidamos de lo malo, sólo nos quedamos con lo bueno. A Fidel le sobrevivirá su resistencia al opresor, la defensa de los valores en los que creyó durante toda su vida… atrás quedarán los miles de cubanos que tuvieron que marchar a Miami o los escasos niveles de democracia de la isla. Lo más sencillo es posicionarse, tomar partido sin pararse a discernir la luz de la sombra… y es que, en el fondo, pesa más el icono que el mandatario.

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