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Hubo precedentes

Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

Sabía la botella que él llevaba, aunque la tenía cubierta por su inmensa mano (el chaval era espigado, delgado y muy muy alto, y su palma ocupaba el cuerpo de la botella, tapando la marca –yo las acarreo de diferente forma, las agarro por el cuello como diciendo, “no te me escapas”, aunque todas acaben escapando-), digo, que sabía la botella que llevaba cuando me crucé con él camino del hogar de la Bruja-Pájaro: una de vodka, normalita (empieza por “s” y termina por doble “f”); y eso, el tipo de bebida que vi a cierta hora de la noche, y alguna otra cosa más, hizo que cambiara de opinión y no escribiese sobre lo que iba a escribir: la pesca del bacalao en Groenlandia (que en idioma vernáculo, ¿groenlandés?, significa “tierra verde”, o “tierra de árboles”).

Vadim Vadimich Kransnaponski fue nombrado embajador de la tierra de los Zares, Rusia, en los reinos del norte de la India (antes de que esta fuese catalogada, en su conjunto, como “la joya de la corona”), pero ejerció dicho papel algunos años después de su nombramiento, ya que durante cierto tiempo, que en Moscú catalogaron de “demasiado”, desapareció en la inmensidad de Asia Central. Primero estuvo en El Kirguistán y estudió, más que leyó, El Maras, la gran epopeya kirguís; después visitó el Mar de Aral y descendió por los ríos que dos siglos después desecó, con la siembra del algodón, la Unión Soviética, los Dariya; vivió en el valle de Gandhara dibujando (bastante mal, por cierto, pero la idea y la actitud es lo que cuenta) los Budas que parecían Cristos; y para terminar acabó descendiendo lo que catalogó como “el gran río, El Indo”. Finalmente llegó a su destino tras despacioso viaje en barco desde Karachi hasta Bombai, y de allí, en caballo y litera, hasta Jaipur.

El sonido del shitar (“como de montañas y ríos”, escribió en una carta a sus familiares) le trastocó el corazón y el alma, a él, que venía de la más ortodoxa formación académica europea, y cuando le llegó el momento del traslado, los primeros Románov consideraron que ya llevaba mucho tiempo ejerciendo la representación del Imperio Zarista por aquello lares, escuetamente, y en nota apenas esbozada en grueso papel de calibre diplomático, comunicó, <<Hubo precedentes, con la diferencia que los Polo volvieron a Venecia a contar su historia, yo no vuelvo, yo me quedo>>.

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