Mi ojito derecho
Clorinda Power

Desde hace varias semanas, de camino a casa, cada vez que paso delante de un hombre y veo cómo me babea encima como si yo fuera una deliciosa ración de calamares fritos o escucho cómo me llama preciosa o bonita o me dice lo mucho que le gusto, me giro y le hago una silenciosa pero barroquísima peineta que ya quisiera la portada de una feria de abril.

Es algo que no puedo evitar, es superior a mis fuerzas. Vamos, que antes digo no a una deliciosa ración de calamares fritos o a una feria de abril que pasar por alto una agresión como esa. Me pasa que desde hace varias semanas me da muchísimo asco y me genera muchísima violencia lo que todas las mujeres aguantamos, si no varias veces al día, sí varias veces a la semana. Luego me doy cuenta de que mi casa está a la vuelta de la esquina y me entra un pánico que me cago viva.

Y me cago viva porque todos los machistas que me acosan de camino a casa son mis putos vecinos. Ningún machista que acosa a una mujer, ya sea con los ojos o con los putos piropos de los cojones, no se va de su barrio a otro barrio para hacerlo, porque, entre otras cosas, no cree que esté haciendo nada malo. Y por eso me cago viva, porque si él no cree que esté haciendo algo malo, mi peineta de portada le podría estar ocasionando un dañito en su ego de neandertal que el sujeto en cuestión podría devolvérmela en forma de insulto, de hostia o, peor, de amenaza (bastaría con que me siguiera unos pasos más para saber cuál es mi portal).

Pero es que es algo que no puedo evitar, es superior a mis fuerzas. Me entra una cosa por el cuerpo cada vez que me acosan que me convierto en todo lo contrario a lo que nos enseñaron de pequeñas: “Haz como si no fuera contigo”. Me cago en Dios, esto es lo que más va con nosotras después de lo de la regla y lo de parir. Y cuando digo que les hago una peineta como una portada de grande me estoy refiriendo a la Pantoja, Rocío Jurado y Lola Flores, todas juntas, batiendo la cola. Y por eso, justo después de hacerlo, me cago viva esperando el insulto, la hostia o la amenaza, y entonces me prometo que es la última vez que lo hago mientras muevo muy rápido las piernas intentando que mi cuerpo deje de parecer un objeto.

Escribo esto para que el día que me pase lo del insulto, la hostia o la amenaza, poder adjuntarlo como prueba en el pollo, digo en la denuncia, que pondré en comisaría.


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