La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Una de las cualidades que Guardiola lucía como jugador resulta imprescindible si deseas acomodarte entre los aventajados de tan venerado deporte: evitaba sistemáticamente aquellos terrenos en los que sus cualidades dejaban de ser notorias. De esta forma, obtenía un alto rendimiento que le hacía más valioso que otros jugadores más descollantes, pero incapaces de eludir lugares inapropiados para sus capacidades. Se puede aducir que Pep transitaba por una zona del campo en la que suele reinar la tregua y no por aquellas donde se lucha siempre con bayoneta calada y no se hacen prisioneros; se entiende que en las ocasiones en las que se aproximaba a zonas de alta conflictividad su propia vanguardia mantenía ocupados a los enemigos más beligerantes, con lo que ganaba maniobrabilidad de cara al momento culminante de la actividad, el gol; sin embargo, se requiere una indudable sapiencia que el de Santpedor mostró allá donde requirieron sus servicios.

Pep da juego en los medios de comunicación por su arrebatada defensa de la independencia de Cataluña

Acuciado por la inevitable decadencia física, Guardiola ha seguido ligado al fútbol como entrenador -estaba cantado, dada su irrefrenable tendencia al mando- y, desde luego, no le ha ido nada mal a tenor de sus resultados. Aparte de su actividad deportiva, Pep da juego en los medios de comunicación por su arrebatada defensa de la independencia de Cataluña, inaugurada poco después de su retirada forzosa de la selección española. Este empeño ocupa una buena parte de su agenda y en él no ha perdido sus valiosas aptitudes. Lejos de pisar el fango, dirige a los que batallan sin saber si sus espaldas están protegidas, es decir, a los ingenuos y a los ignorantes, mientras disfruta de cómodas salas de prensa que maneja a su antojo, jugosos contratos y una vida regocijante lo suficientemente alejada de las trincheras. Podrá decirse como salvaguarda de su honor que ha integrado las listas del furor independentista ( el último, que nunca sale, por si acaso), que mostró su locuacidad en uno de los multitudinarios eventos a los que nos tienen tan acostumbrados los separatistas más pesados de la historia de la humanidad (recuérdese lo de tildar como estado opresor a España cuyo escudo ostentó con aparente orgullo) y recientemente ha dedicado el triunfo de su equipo, en el que han participado muchos y no sólo él, a los filoterroristas que, por fin, han sido encarcelados.

Eso sí, fiel a sus hábitos utiliza la técnica de aquellos formidables rivales del Imperio Romano, los partos, que lanzaban sus flechas y huían hasta el siguiente encuentro sin sufrir apenas desgaste, dicho de otra forma, vuelo desde mi cómoda Manchester, desbarro a placer para regocijo de la masa aborregada y vuelvo sin mancharme los zapatos. O, como alternativa, se permite el lujo de comentar en uno de los idiomas que domina que no descarta ser el seleccionador español, no se sabe si en un momento de delirio febril o buscando la hilaridad de la entregada turba separatista. Por cierto, una estupidez sigue siéndolo aunque la digas en diferentes lenguas.

Para definir a tan egregio individuo, el sabio refranero español acierta como casi siempre: “La zorra cambia de pelo, pero no de maña.”


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