La temperatura de las palabras
José María Cumbreño

La semana pasada se entregaron las medallas de Extremadura. Sé que resulta casi imposible que todo el mundo esté de acuerdo en los motivos para premiar a unas personas y no a otras, pero la equivocación de este año es de las gordas. Ya me cuesta entender que se haya galardonado a un centro educativo concertado, cuando (lo siento: las cosas son como son) sólo la educación pública sigue luchando para que todos tengamos las mismas oportunidades. Aunque, de largo, creo que lo verdaderamente imperdonable es lo que se ha hecho con Gonzalo Hidalgo Bayal. O mejor dicho: lo que no se ha hecho. Gonzalo Hidalgo Bayal es uno de los nombres de referencia de la narrativa actual. Lleva años publicando en Tusquets (ahí es nada) y recibiendo un reconocimiento literario detrás de otro (el último, el Premio Centrifugados). De hecho, esta región debería estar orgullosísima de contar con un escritor de su nivel. Este año su nombre estaba entre los candidatos para recibir una de las medallas de Extremadura. Una comunidad en la que existiese un mínimo de sensibilidad artística tendría que presumir de continuo de alguien como él. Sin embargo… Antonio Machado aseguraba que el español desprecia cuanto ignora. Por desgracia, me temo que sigue llevando razón. Hace años sufrimos una metedura de pata similar. No encuentro otra manera de definir la decisión de no conceder la medalla a otro de los artistas que más ha trabajado por Extremadura: Ángel Campos Pámpano. Se ve que no aprendemos. Que conste que no tengo nada en contra de Pepe Extremadura (a quien se ha concedido la medalla), pero es que las trayectorias artísticas de ambos no resisten una mínima comparación. Verde, blanca y negra. También, inculta y desagradecida.


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