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Estúpidos extremos

podemos26062016Cánover /
Conrado Gómez

Entre el discurso del miedo y el voto útil. Ese es el análisis de Podemos para justificar la masiva fuga de apoyos del pasado 26J. Es cierto que la estrategia ha consistido en polarizar al electorado identificando el centro con la tibieza y las posturas moderadas con escondites de cobardes. La mayoría de españoles no son de izquierdas o derechas, sino de ese enorme espacio ideológico que va desde lo coherente hasta lo conveniente. Habría que preguntarse por qué los partidos buscan polarizar a la población entre los suyos y los contrarios. Es tan sencillo como ofensivo: los extremos siempre son carne de manipulación. Hitler llevó a su población hasta el extremismo ideológico y desde ahí los moldeó a base de consignas panfletarias. El comunismo de Stalin no tenía nada de social ni los movimientos del apparheid sudafricano. A lo largo de la historia hemos comprobado cómo las barbaries vienen precedidas de conquistas ideológicas. ¿Por qué en España debemos ser de izquierdas o derechas? ¿Por qué al PSOE se le exige públicamente que se posicione? ¿Defender un programa no es optar por un modelo de país? Incluso a Podemos se le ha derribado equiparando su modelo social con la Venezuela de Maduro. Curioso, porque tras las elecciones la caverna mediática parece haber olvidado a los peligrosos bolivarianos.

No somos ciudadanos, somos mercadotecnia. Somos curvas de datos que procuran poder o miseria. Así nos ven y en esos términos se dirigen a nosotros. No buscan comunicarse ni trasladarnos mensaje. Lo único que persiguen es la reacción a su acción para configurar el próximo mensaje. Más allá del resultado electoral estas elecciones han demostrado que nos tratan con escaso respeto, por no utilizar otro término de menor ética lingüística. No han desarrollado una campaña de contenidos sino de marketing. No se pregunten por qué no ha pasado factura la corrupción que asola el PP. Pregúntense que han sentido al encajar estos mensajes psicosociales, siempre en positivo, sin hablar del país que tenemos, sino del que nos gustaría tener. Y ojo, porque en las próximas campañas irá a peor. Nos dirán lo que queremos escuchar. Nadie hablará de programa ni de ideología. Nos conminarán al voto útil enfrentado al caos. La fragmentación del país será un hecho incuestionable. Habrá que etiquetarse, posicionarse, mojarse. No habrá espacio para el centro, para la moderación ni para la crítica constructiva. Se votará desde el hemisferio de las emociones y por delante sólo tendremos consuelo o destrucción. Las campañas, queridos amigos, se convertirán en una batalla encarnizada por sembrar la duda.

En Gran Bretaña, los partidarios del Brexit, los que han hecho campaña a favor de la escisión de Europa, están abandonando el barco porque cuando se disipa el humo que sucede a los fuegos artificiales solo queda la estepa y los surcos de polvo y barro. Nadie quiere permanecer en un barco con rumbo inexacto. Que sean otras manos temblorosas las que dirijan el navío. Ellos, los que apuñalan, ya han cumplido con su parte.

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