Historias de Plutón
José A. Secas

Solo recuerdo haberme pegado dos veces cuando era pequeño. Cobré en ambas. No mucho más de un empujón y un puño, pero lo suficiente para saber que no me hacía ni pizca de gracia recibir. No sé si por miedo de “cagao” y pura cobardía -llámale “instinto de supervivencia” que mola más- o una sabia utilización de mis habilidades diplomáticas y otra serie de recursos propios de mi “inteligencia emocional”; el caso es que siempre he sabido librarme a tiempo, escurrir el bulto, salir por piernas, hacerme el gracioso, distraer al adversario, no oponer resistencia, tragarme el orgullo, hacerme el tonto, emprender una hábil retirada, dejarme convencer, dar la razón y otro montón de tácticas y estrategias para eludir la pelea (sobre todo física). Me encanta polemizar, debatir y confrontar ideas dialécticamente dentro del respeto, con conversadores dialogantes que saben escuchar y rebaten argumentos con empatía y educación. No soy un cobarde defendiéndome con la palabra en un combate de pensamientos donde la razón y los argumentos expresados siempre -siempre, digo- estén por encima de las voces y las hostias.

Creo que la violencia física en particular y la guerra en general, son la máxima expresión del atraso evolutivo de la especie humana

Creo que la violencia física en particular y la guerra en general, son la máxima expresión del atraso evolutivo de la especie humana, del mismo modo que pienso que las buenas palabras que saben expresar buenos sentimientos, valores, educación y cultura, nos salvarán -nos salvan cada día- de ser unos brutos y básicos animales, haciéndole los honores a nuestra condición humana. Si “hablando se entiende la gente” y conocer es amar, no sé cómo podemos mostrarnos tan torpes. Me disgusta esa serie de mezquinas actitudes que surgen del miedo, de la manipulación, del desconocimiento, de la más profunda ignorancia y torpeza sin un ápice de inquietud ni deseo de empatizar, de entender, de escuchar. Me aterran los inmovilistas, los tozudos, los poseídos por la verdad, los extremistas, los borregos, los cobardes y los malos. No saben hablar y no saben escuchar.

Tras una traumática experiencia vital donde me sentí herido por el comportamiento de otra persona, mi instinto fue agredir y golpear. Tuve la suerte de que (figuradamente) alguien me sujetara la mano. “Si golpeas, se defenderá y te responderá más fuerte. Esa escalada de violencia supondrá la guerra y ya no habrá vuelta atrás”. Me costó mucho envainármela, tragarme el orgullo (herido) y entender que muchas de las cosas que hacen (o dejan de hacer) los demás no son para fastidiarte ni para joderte a ti, sino por beneficio propio. Si la actitud de los otros no la asumes, no tratas de entenderla y la tomas como una agresión a tu persona (ego incluido), es que no estás entendiendo nada de qué va esto de vivir en paz y ser feliz.


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