c.q.d.
Felipe Fernández

Una rápida observación de nuestro entorno lo confirma sin riesgo a equivocarse: nos infantilizamos a pasos agigantados. Si no fuera bastante con esa obsesión enfermiza por simplificarlo todo hasta tergiversar los acontecimientos; si la “emocracia” que manipula cada vez más, y más descaradamente, nuestros inmaduros sentimientos no dejara de imponer su testaruda realidad en todo lo que vemos, leemos y escuchamos; si no fuera suficiente con eso, que lo es, aun nos quedaría la incontestable constancia de nuestra pérdida de equilibrio emocional, cada vez más patente, cada vez más pública, cada vez más impúdica. Ajenos en buena medida a la asunción de responsabilidades por lo que pudiera ocurrir, nos balanceamos peligrosamente en el columpio de la insatisfacción permanente, con la barbilla a punto de entrar en acción y las lágrimas siempre dispuestas para lo que sea menester, como si fueran el remedio para otra oportunidad perdida de satisfacer nuestros deseos; y únicamente los nuestros. Nos movemos peligrosamente entre el sectarismo más irreflexivo y el hedonismo más recalcitrante, a la búsqueda de esa felicidad prometida que nunca acaba de llegar.

La respuesta está donde siempre ha estado; no se ha movido ni un ápice de su sitio

Hasta hace no demasiado tiempo sabíamos que la madurez consistía, entre otras cosas, en aceptar que tus sueños no se cumplirían –o no todos-, que los príncipes azules solo existían en los cuentos y que la vida pasaba tan deprisa que corrías el riesgo de perdértela si mirabas para otro lado. Pues bien, hoy en día, envueltos en esa permanente propaganda que todo lo banaliza, se multiplican las frustraciones y ha hecho su aparición estelar una ira incontrolable de frente arrugada que promete soluciones simples y rápidas, muy rápidas. Así que, cuando la realidad, triste o no, se abre camino, nos declaramos en rebeldía permanente contra el destino y decidimos modificar la percepción de los hechos para no caer en el desánimo. Y lo peor de todo es que, demasiado a menudo, recurrimos a nuestras emociones más básicas para disfrazar la realidad, en un vano intento de apartar el futuro de nuestra vista, como si eso fuera posible. La respuesta, por supuesto, está donde siempre ha estado; no se ha movido ni un ápice de su sitio. Pero la hemos evitado a propósito, conscientemente, dando pábulo a una pereza malvada y destructiva que nos mantiene atados a lo inmediato y no nos deja ver el bosque. Cuando la Educación académica y personal recupere su puesto, cuando por fin practiquemos –porque saber ya lo sabemos- que “Education is the only way”, solo en ese momento, las lagrimas volverán a su sitio.


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