La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Todos los años, cuando agoniza noviembre, se produce un encuentro que no por parecerse mucho al inmediatamente anterior resulta menos interesante. Con los mismos protagonistas, algo más viejos cada año pero con idéntico ánimo, y los mismos requisitos -mesa bien poblada de víveres apetitosos, abundantes bebidas espirituosas de cierto rango y revocación temporal de la prohibición de fumar- las exigencias se centran en que la conversación suscite la alegría de todos los participantes, de manera que, al volver, guste recordar su contenido como fuente de regocijo.

Con un extenso pasado en común, fuertes vínculos afectivos de por medio, condiciones de vida tan parecidas que se diría que existe un acuerdo expreso entre los contertulios es fácil suponer que las conversaciones tampoco difieren mucho de las de la anterior convocatoria, aunque en cada emplazamiento aparecen novedades que sazonan el coloquio hasta hacerlo exclusivo. Se asoman a la mesa las antiguas parejas que no consiguieron un puesto en esa animada reunión -derrotadas en buena lid-, las indumentarias de antaño que en el presente no valdrían ni para carnaval, las amistades ausentes, los sinsabores del trabajo, que se dejan apresuradamente atrás (para no arriesgarse a perder el entusiasmo), las familias, las aficiones, los proyectos…todo menos la tristeza, la amargura y la inquietud que ya llenan demasiado tiempo en la vida cotidiana.

No es la locuacidad su punto fuerte, más amigo de escuchar que de revelar detalles y mucho menos secretos

Todos los años, cuando la cena ha ganado jerarquía y se ha convertido en concurso de revelaciones y ocurrencias, surge un tema que no por trillado pierde atractivo: el partido al que cada uno vota. Es el momento en el que la figura de Julián emerge poderosa y concita la atención de los concurrentes que aúnan fuerzas para escudriñar en su parte más opaca. De alma limpia, educación exquisita y vocación asistencial -nunca se sienta hasta que todos están servidos- no es la locuacidad su punto fuerte, más amigo de escuchar que de revelar detalles y mucho menos secretos; es por esto que se convierte en utopía esclarecer si vota y, si es así, a quién. Año tras año volvemos sin desvelar el enigma; se requerirían las técnicas del servicio secreto, quizás algún bebedizo que soltara alma y lengua, incluso la hipnosis, solo que si alguno de esos recursos surtiera efecto, se perderían alicientes para la siguiente cita.

Todos los años, cada vez son más numerosos los sufragios, afloran más personas que se identifican con el perfil de Julián. Pueden hablar con naturalidad de cualquier tema: revelan detalles que les aproximan a un equipo de fútbol, opinan sin tapujos sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, la igualdad entre géneros, el aborto, los toros o cargan contra las ínfulas independentistas de algunos, pero cada vez proliferan más los que no quieren que se sepa si votaron o no y, si lo hicieron, quién fue merecedor de su confianza. ¿Recato, temor, displicencia, desconfianza, decepción?, ¿todas a la vez? No hace mucho tiempo el votante se enorgullecía de serlo, incluso alardeaba del partido político de su elección como si este hubiera ganado la Champions al eterno rival, de la misma manera que se jactaría de los sobresalientes de sus hijos o del tan esperado ascenso en la empresa.

Alentados por la corrupción, la inoperancia y la desfachatez, ganan terreno el abstencionismo y el desinterés, mientras los políticos transitan, aparentemente cómodos, por un camino paralelo al de los votantes.

Todos los años seguiremos compartiendo mesa, risas y alborozo, aunque la actitud de Julián de no hablar sobre su relación con las urnas se haya convertido en una conducta generalizada y surjan en la conversación temas menos desalentadores.


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