La magia del iceberg /
VÍCTOR M. JIMÉNEZ

Toca y vuelve a tocar. Las manos agrietadas por el frío siguen arrancando melodías hermosas al violín. A sus pies, la funda abierta del instrumento sirve de improvisado recogedor de fortuna.

Pongo una moneda, él me sonríe. Agradezco que llene con su música el hueco infernal que deja la ruidosa multitud anónima que surca la calle.

Por desgracia otras veces paso a su lado y ni siquiera lo intuyo. Demasiadas cosas en la cabeza, mucha prisa y escaso tiempo para sentir, aunque sea por un segundo, los pequeños placeres que la vida nos da. Me convierto entonces en parte de esa multitud, en una gota más de agua que se deja arrastrar por una corriente que nos lleva a la nada.


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