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El primer viajero en el tiempo

Historias de Plutón /
José A. Secas

Entré en la casa oscura y lúgubre (también algo sucia y descuidada) de Maikol Cabezudo de Warm-Chang, con el ánimo de que atendiera nuestra solicitud de entrevista con la misma buena disposición con la que se había gestionado. Toda una decepción. Pronto llegué a la conclusión de que había estado tratando durante semanas con su robot “doble-tú” de última generación: programado con conexión e interface directos al Alma-R.

El gran Maikol era el primer humano que podía contar su viaje en el tiempo sin haberse visto alterado física o mentalmente por encima de los cinco puntos en la escala Hommer-Wish. Era toda una hazaña y el principio de un nuevo tiempo relativo. Es de destacar que este logro lo había alcanzado por sus condiciones genéticas y mentales y no por su dinero. Los cementerios están llenos de osados multimillonarios que lo intentaron anteriormente.

El viaje, del que ha conseguido regresar sano y salvo y sin alteraciones cognitivas ni secuelas físico-psíquicas, ha sido, precisamente, al primer cuarto del siglo XXI, fecha, por todos conocida, en la que se produjo la revolución de las consciencias, la entrada en la nueva-nueva era y los consiguientes cambios de paradigma. Su paso por un lapso de 7 años (de 2018 a 2025) en este salto atrás en el tiempo, nos iba a permitir tener una fuente fiable (de primera mano) de información de lo que sucedió en aquellos tumultuosos años del gran cambio.

La información que ha perdurado y que no se corrompió o se perdió tras la crisis, ha sido mil veces manipulada y desvirtuada para hacer de la historiografía una ciencia casi adivinatoria. Las especulaciones sobre los orígenes y desarrollo de la revolución del 17 al 25 habían de tener, en los testimonios de Maikol, la versión más esclarecedora posible, ya que la iba a aportar alguien que vivió ese momento clave de la historia de la humanidad en primera persona. Estaba expectante. Me sentía afortunado.

Durante los preliminares de la entrevista, Maikol Cabezudo de Warm-Chang, se mostró excesivamente locuaz y me transmitió una sensación que no animaba a creer a pies juntilla su relato (o lo que fuera a contarme en la entrevista). Aunque todos los análisis y pruebas que presentaba de su estado mental y físico certificaran la escasa influencia de su salto en el tiempo (y en el espacio), su comportamiento nunca llegó a transmitirme serenidad y verdad. Quizás, pensé, solo sea fruto de la experiencia por él vivida; incuestionablemente, una experiencia vital de las que dejan huella.

Una vez que apartó de su lado la bebida de funz (solo) y arrancó de su cabeza el casco welsser, miró fijamente a los ojos de este reportero y dijo con cierta ansiedad: “cuando usted quiera”. En ese momento, la luz se hizo tenue y la gran pantalla de leche de iones comenzó a brillar. Ahí estaba su relato: parcial, comprimido, narrado con su voz monocorde y con imágenes confusas. No hubo preguntas. Otra gran decepción.

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